La angustia y el llamado a la conciencia

Según Heidegger, el ante qué de la angustia es el estar en el mundo en cuanto tal, pero careciendo de significatividad propia. Sin embargo, es la angustia la que abre al Dasein como ser posible, esto es, como aquello que puede ser desde sí mismo. Se le revela así su ser libre de escogerse y tomarse a sí mismo. Con la angustia la familiaridad cotidiana se derrumba y nos entregamos a nosotros mismos (204-207). Pero de esta forma se nos revela además, señala Heidegger, que el fin del estar en el mundo es la muerte. El estar vuelto hacia ella. La angustia se concreta así como el estar arrojado a la muerte. Esto es algo que a toda costa tratamos de encubrir. El cotidiano estar vuelto hacia la muerte es un constante huir ante la misma (251, 267, 270-271).

Este es un modo de abrir la conciencia. Es una llamada hacia sí mismo, hacia nuestro propio ser, la cual nos interpela hacia nuestras posibilidades, a salir de nuestra perdida en el uno. Es una llamada al callar. Llama, sostiene Heidegger, al silencio del poder ser existente. Comprender la llamada quiere decir querer tener conciencia y con esto disponibilidad para la angustia y el consecuente silencio que se deriva al hacer callar la habladuría del uno (286, 90-291, 294, 304, 311-312).

La insignificancia del mundo abierta en la angustia, afirma Heidegger, desvela la nihilidad de todo lo que puede ser objeto de ocupación, es decir, la imposibilidad de proyectarse en un poder ser objeto de ocupación, de proyectarse en un poder ser de la existencia primariamente fundado en las cosas que nos ocupan. Y esto, porque el vivir al día, que deja que todo sea como es, se funda en un olvidado abandonarse a la condición de arrojado. La mirada puramente contemplativa hacia el ente surge porque el ocuparse se abstiene de toda manipulación. Lo decisivo en la génesis del comportamiento teorético radicaría en la desaparición de la praxis (358, 360, 372).

Cuanta falta nos hace en la actualidad evidenciar esta angustia. Vivimos en una sociedad enferma, que huye de la enfermedad y con esto, como señaló Heidegger, de la aperturidad de la conciencia. No toleramos la frustración. Queremos divertirnos y satisfacer nuestros deseos a toda costa. Nos quejamos de lo que nos aburre. ¿Por qué? ¿Qué tan terrible hay en el tedio? Nada más ni nada menos que nosotros mismos. No queremos hacernos responsables de nuestra existencia. Preferimos el hedonismo momentáneo antes que la incómoda y tediosa duda reflexiva. Manipulados tendremos quizás un mejor pasar, pero nos alejaremos así de aquello que nos hace humanos.

Eduardo Schele Stoller.

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