El pragmatismo de James

Uno de los fundadores del pragmatismo epistemológico fue el filósofo y psicólogo norteamericano William James (1842-1910). Bajo su enfoque la verdad no es concebida en un sentido trascendente, sino que como una propiedad de solo algunas de nuestras ideas, a saber, de aquellas que logran cierta adecuación con la realidad y, producto de lo cual, podemos corroborar y verificar. Esto quiere decir que la verdad, según James, no es una propiedad inherente a las ideas, sino que es algo netamente contingente, esto es, que les acontece. Las ideas llegan a ser ciertas dependiendo de las circunstancias (1957: 16). Tales circunstancias deben cumplir con el requisito de ayudarnos, práctica o intelectualmente, a relacionarnos con la realidad. Así, recalca James, lo verdadero es sólo lo ventajoso en nuestro modo de pensar, por tanto, sólo refiere a su actuación empírica con respecto a nosotros (1957: 17-21).

A pesar de este último, James comparte con el realismo la creencia de la trascendencia de los objeto, es decir, de su existencia independiente del sujeto, no obstante, advirtiendo que aquello debe ser al menos susceptible de experimentación. La experiencia sería el intermediario entre la historia mental del experimentador y los hechos del mundo, constituyéndose así como el punto de intersección. Así, afirma que conocer un objeto es dirigirse hacia él a través de una conexión que proporciona el mundo (1957: 21, 45-46). James se da cuenta que tal enfoque realista se basa únicamente en la fe del crítico o del investigador y que, por tanto, se erige en una mera creencia, la cual, por más ilusoria que parezca, debe mantenerse, al menos de modo relativo y provisional, en base claramente a la conveniencia humana. Llega a afirmar así que la verdad es más bien una relación entre las partes conceptuales de nuestra experiencia a partes del orden de la sensación, bajo la cual hay una interacción benéfica con entidades sensibles. A pesar de esto, James insiste en que su postura también incluye toda realidad empírica independiente del cognoscente, señalando así que su pragmatismo, epistemológicamente hablando, es también realista (1957: 40).

Lo que el pragmatismo busca es asentar las disputas metafísicas. El método pragmatista, afirma James, trata de interpretar cada noción trazando sus respectivas consecuencias prácticas. Si entre dos nociones no hay diferencias prácticas, significan prácticamente lo mismo, por lo que la disputa es en vano. Se deben mostrar algunas diferencias prácticas entre las posiciones, aspectos bajos los cuales el mundo sería diferente si alguna de las alternativas fuese verdadera (1908: 45, 48). El pragmatismo es sólo un método, ya que no propone ningún resultado en particular. No es una solución, sino que un programa de trabajo, de cómo la realidad puede ser transformada. No se obtienen de él resultados particulares, solo se concibe como una actitud y orientación. La actitud de desatender las cosas primeras, los principios, las categorías, necesidades, y mirar hacia las últimas cosas, frutos, consecuencias, hechos. Las teorías se vuelven así instrumentos, no respuestas a enigmas. Por ello, el pragmatismo es una tendencia anti-intelectualista, contra el racionalismo como pretensión y método (1908: 53-55). El pragmatismo es entonces primero que todo un método, luego una teoría sobre el significado de la verdad, la cual pasa a entenderse a su vez como una especie de bien, en la medida que cumpla las condiciones ya citadas (1908: 65-66, 75).

Una hermosa analogía que ofrece James para ilustrar la situación del hombre ante el conocimiento es la siguiente: imaginemos que el agua representa el mundo de los hechos sensibles y el aire el mundo de las ideas abstractas. Ambos mundos son reales e interactúan, pero lo hacen solo en los límites. El centro de todo lo que vive y nos pasa, la experiencia, pasa en el agua. Somos como peces nadando en el mar de los sentidos limitados arriba por los elementos superiores, pero no pudiendo respirarlo o penetrarlo. Obtenemos nuestro oxigeno de él. Las ideas abstractas de las cuales consiste el aire, indispensable para la vida, pero irrespirables por si mismas (1908: 128).

Eduardo Schele Stoller.

 

 

 

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