Hesse y el lobo estepario/ Eduardo Schele

En sus escritos, Hermann Hesse logra identificar una serie de características que padece el individuo contemporáneo, señalando en particular dos: lo divino y lo demoníaco. En los lobos esteparios esta condición se traduce en una existencia agitada, puesto que ha surgido en ellos el pensamiento de que toda la vida humana no sea sino un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal, un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza. A raíz de esto, lo que hay en nosotros de lobo nos lleva a hacernos cada vez más independientes, perdiendo el orden y los patrones para ajustar nuestros actos.

En medio de esta libertad, el lobo estepario se da cuenta de que esa independencia significa una muerte para los demás, pues constata su soledad y falta de importancia. Solo logra encontrar en ellos simpatía, pero nadie se les aproxima espiritualmente, viven en una atmósfera de quietud producto del apartamiento del mundo que lo rodea y sus incapacidades para relacionarse con los demás.

El lobo estepario está completamente fuera del mundo burgués, ya que no conoce ni vida familiar ni ambiciones sociales del mismo. Se siente a sí mismo como individualidad aislada, como un ser extraño y enfermizo, pero que ostenta disposiciones geniales y elevadas en comparación con las pequeñas normas de la vida corriente. Desprecia al hombre burgués y siente orgullo de no serlo, aunque convive sin hostilidad práctica ante tal sistema, pues ha crecido y adquirido conceptos y rutinas de la misma.

El hombre, describe Hesse, tiene la facultad de entregarse por entero a lo espiritual, esto es, al intento de aproximación a lo divino. Pero tiene también la facultad de entregarse por completo a la vida del instinto, a los apetitos sensuales y de dirigir todo su afán a la obtención de placeres del momento. El burgués, contrario al lobo estepario, trata de vivir en un término medio confortable entre ambas sendas, pues nunca habrá de sacrificarse o de entregarse ni a la embriaguez ni al ascetismo. Su ideal no es el sacrificio, sino conservación del “yo”, por lo que quiere servir a Dios, pero también a los placeres del mundo.

Según Hesse, el burgués no estima nada tanto como al “yo”, en cuyo culto busca alcanzar seguridad y conservación. En lugar de placer, bienestar; en vez de libertad, comodidad. El burgués es así una criatura de débil impulso vital, miedoso, fácil de gobernar, razón por la que ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley y la responsabilidad por el sistema de votación. En cambio, en el mundo del lobo estepario reinan los instintos, la fiereza, la crueldad, aspectos que no llegan a ser sublimados como en el caso del burgués. Religión, patria, familia y Estado pierden para él su valor, tomando conciencia además de la pedantería de la ciencia, de las profesiones y de las artes. En una plena desconfianza, la vida se le vuelve dura, difícil, solitaria y peligrosa.

El hombre para Hesse no es más que un tránsito entre estas dos categorías. No es así un producto firme -como pretende conceptualizar el burgués-, sino que el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Es este tipo de hombre el que abunda en la actualidad. Pero el lobo estepario debe reconocerle que gracias a su existencia él se destaca y define. De allí que el lobo estepario no se rebele en la práctica contra el hombre convencional. Solo se retira. Y es que en el fondo sabe que le necesita, al menos como un recuerdo latente de lo que no quiere volver a ser.

Eduardo Schele Stoller.

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