Nietzsche y la voluntad de poder

Nietzsche no elaboró su obra filosófica en la forma de tratados analíticos, no obstante, fue bastante explícito a la hora de plantear su teoría, dejando huellas y trazos de ésta en toda su obra. Reconstruyendo los conceptos elementales de sus trabajos, podemos señalar que toda su filosofía gira en torno a la idea de la “voluntad de poder”. Justifiquemos lo anterior.

Nietzsche fue muy consciente de lo infértil de muchas de las disputas filosóficas, las cuales, a la larga, no traen ninguna consecuencia positiva para el “individuo”, otro concepto clave dentro de su pensamiento. Las escuelas epistemológicas dominantes ya nombradas, incluyendo al criticismo y a la ciencia teórica, colocan al conocimiento por sobre el sujeto. Nietzsche, como veremos, invierte esta relación. No sólo parte del sujeto, sino que, lo más importante, termina también en él. En este sentido, Nietzsche es uno de los padres del pragmatismo, al afirmar, por ejemplo, que la razón es solo un instrumento del cuerpo.

Este partir antes aludido viene determinado por los “instintos”, los cuales se manifiestan por medio de los “deseos”, llegando a determinar todo el plano cognitivo humano. Esta influencia del deseo en el conocimiento es característico del enfoque pragmatista, lo cual ha hecho explicito uno de sus principales defensores, William James. En este sentido, Nietzsche entiende a la filosofía como una confesión personal de su autor, por medio de la cual se ocultan las emociones del sujeto. De allí que afirme Nietzsche que toda opinión sea un escondite y toda palabra una máscara. A esto se debe la crítica nietzscheana al racionalismo, ya que éste no solo se aleja de las pasiones, sino que también de todo aquello que tenga relación con el cuerpo. Tal postura, representada prácticamente desde la antigüedad por los estoicos, no puede más que ejercer una tiranía sobre el individuo, lo cual hace reprimir su fuerza, su voluntad de poder. Esta posibilidad de alejamiento de sus instintos convierte al ser humano en una de los animales más débiles y enfermizos, peor aun cuando, como veremos, contribuyen a tal distanciamiento teorías e instituciones.

Ahora bien, la teoría de Nietzsche cae en la polémica producto de la naturalización extendida a toda la actividad humana. Por ejemplo, el que una mujer se interese por aspectos cognitivos iría de la mano de una masculinización de la misma o de alguna deficiencia sexual. Por naturaleza, pues, la mujer es ajena a la verdad, estando confinada más bien a la superficialidad de la realidad. En esto radicaría el atractivo que ejercen hacia los hombres, ya que se constituyen como una vía de escape ante sus sufridas elucubraciones teóricas. Claramente, afirmaciones con esta implican un grado fuerte de determinismo, puesto que el ser humano respondería unilateralmente a las influencias instintivas. No obstante, aunque Nietzsche hubiera deseado que el escenario fuera determinista, era consciente que de hecho esto no sucedía. De allí su crítica a todo lo que obstaculizara el flujo unilateral de los instintos en particular y de la naturaleza en general, aspectos por los cuales hay que dejarse guiar. En este contexto se entienden los ataques de Nietzsche hacia el cristianismo, ya que a través de él se niega la voluntad, convirtiendo al hombre en un animal débil, enfermizo, mediocre y de rebaño.

En este contexto, Nietzsche adhiere fervientemente a la selección natural, lo cual queda claro cuando afirma que los débiles y fracasado deben perecer, tal cual sucede en la naturaleza para que sobrevivan los más fuertes. El enfermo, por ejemplo, es considerado como un parásito de la sociedad, el cual debiera ser eliminado por contribuir a degenerar la vida. Hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. Así, sostiene Nietzsche, si bien no podemos impedir el hecho de haber nacido, podemos reivindicarnos esto cuando esto se vuelve un error, mediante una muerte libre, consciente, voluntaria.

El cristianismo no encaja en esta lógica, debido a la predica de la “compasión”, uno de los antivalores más dañinos para el individuo, puesto que mediante él se niega el poder, fuerza elemental de la vida. La compasión es la negación de esta última, llevándonos así al nihilismo. En este punto se entiende la crítica hacia Schopenhauer, ya que éste, pesimista, valoraba la compasión como una herramienta para la negación de la voluntad de vivir, ya que al compadecernos de alguien perdemos fuerzas. Debido a lo corrosivo de los valores cristianos, Nietzsche propone una inversión de los mismos. Lo bueno pasa a ser todo aquello que eleve al hombre al ejercicio de su voluntad de poder. La felicidad, la superación de la resistencia para lograrlo. Se emprende así en la tarea de naturalizar los valores, para que estos vuelvan a responder a los deseos, placeres e instintos. A esto responden los “valores aristocráticos”.

La importancia que le atribuía Nietzsche al libre devenir de los instintos se explica por las consecuencias que tal ejercicio tendría sobre el individuo, a saber, llegar al “superhombre”. El hombre, afirma Nietzsche, es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre. Su grandeza radica precisamente en esto, en ser un puente y no una meta. El hombre, tránsito y ocaso, es algo que debe ser superado. Y esto es un trabajo que debe ser llevado a cabo por el individuo mismo, es decir, es una elevación propia del espíritu. En su transformación, la metáfora plantea que el espíritu se convierte primero en camello, en vista de llevar la pesada carga del deber, la cual es impuesta externamente. Para desprenderse de tal carga, el espíritu debe ahora convertirse en león, ya que requiere de la fiereza para conquistar la libertad y dejarse guiar por el querer. Sin embargo, no basta con conquistar la libertad. Hay que recomenzar, y para esto, la última trasformación del espíritu es en un niño, ya que solo así adquirimos la inocencia y el olvido necesario para un nuevo principio, para consolidar nuestra voluntad. Resumiendo, para llegar al superhombre, que manifiesta en plenitud su voluntad de poder, debemos pasar del deber al querer. Este trascendental paso explica el porqué de la carga moral en la obra de Nietzsche. La alusión al tema pasa por una dura crítica al mismo, ya que los conceptos de “bien” y de “mal” convencionales, lo único que consiguen es apresar al sujeto a normas antinaturales y, recordemos, Nietzsche edifica su teoría desde lo corpóreo, desde lo instintivo. Las virtudes son invenciones humanas para responder a sus necesidades. De allí que, criticando a Kant, Nietzsche promueva la libertad para que cada quien postule su propio imperativo categórico, en vista siempre de potenciar su propia voluntad de poder.

En este punto es donde la reivindicación del individuo es sectarizada, ya que no todos son aptos para llegar al nivel de desarrollo recién planteado. Nietzsche explícitamente hace valer las diferencias entre los sujetos. A la mayoría de estos seres, considerados como inferiores, no deberían ni siquiera haber nacido. Ante esta gente mediocre y miserable es mejor refugiarse en la soledad. Todo intento de entendimiento con ellos está condenado al fracaso, así lo ilustra la venida de Zaratustra desde las montañas, quien al llegar a la plaza pública fue víctima de burlas y humillaciones. Habría casi una inconmensurabilidad cognitiva con esta plebe, ya que, como afirma Nietzsche, han aprendido a creer sin razones, por lo que no se les puede hacer entender con las mismas.

Nietzsche desprecia así a la humanidad, a la masa, y a toda institución o idea que contribuya a crear al hombre de rebaño, ya que estas ven al individuo como tan solo un medio para la sociedad, cuando, como hemos visto, esta última debería ser un andamiaje para la elevación hacia un hombre superior. En este contexto, critica duramente al socialismo, el cual intenta eliminar las diferencias entre los individuos. Pretendiendo que todos sean iguales es imposible llegar al superhombre, lo cual es un privilegio de pocos. Es más, el socialismo iría en protección de la muchedumbre, de la masa mediocre. Al fortalecer el Estado, el cual Nietzsche concibe como asistencialista de los débiles, en una lógica siempre de conservación, pero no de superación del individuo. La individualidad es contraria a la igualdad de derechos democrática, puesto que al estar todos uniformados, le es imposible alzarse al superhombre. Para Nietzsche esta diferencia se haría latente incluso en la explotación dada entre individuos, la cual estaría justificada naturalmente como una expresión fundamental de la expresión de poder de lo vivo. Según estos supuestos, la injusticia no se basa en desigualdad de derechos, sino que en la igualdad de los mismos. Así, contrario al sentido común religioso, el egoísmo se vuelve un valor primordial bajo la filosofía nietzscheana, puesto que su ejercicio es un deber para los seres superiores, los aristócratas.

En suma, para que haya un ser superior, tiene que haber otro inferior, de lo contrario no seríamos realmente conscientes del primero. En este sentido, a pesar de su profundo desprecio hacia el vulgo, Nietzsche los necesita para establecer las diferencias, puesto que si viviéramos en condiciones ideales, en donde la gente y las circunstancias fuesen perfectas, sería el fin de cualquier tipo de pensamiento elevado. Nietzsche era muy consciente de la necesidad del dolor tanto para la reflexión como para la superación del hombre, por ejemplo al afirmar que en toda voluntad de conocer hay ya una gota de crueldad, siendo esta flagelación principalmente interna. Por tal motivo la crítica a Epicuro, puesto que su filosofía al ser hedonista, evitando a toda costa el dolor, deriva en una religión del amor, centrándose en la misericordia y, como vimos, en la consecuente negación de la voluntad. De allí que el dolor y la enajenación deba ser visto como algo positivo, ya que es el germen del advenimiento del superhombre, el cual depende de su propia voluntad, y no de los azares de la historia. Por este motivo, no hay que apegarse a la patria ni a sus personajes. La actitud debiera ser siempre de reserva, de distancia ante tales ideales que van más allá de la empresa de superación individual. Debemos amarnos por sobre todo a nosotros mismos.

Esta actitud de reserva no solo debe aplicarse ante los factores socioculturales, sino que también ante los cognitivos. Todos los grandes espíritus, afirma Nietzsche, son escépticos. Las convicciones no hacen más que encarcelarnos. He aquí otra importante característica de la filosofía pragmatista, la renuncia a la verdad para priorizar al individuo, quien alcanza así su libertad, al pasar a considerarse ahora un fin en sí mismo. De lo contrario, se vuelve, como vimos, en un medio para fines prácticos o teóricos ajenos. Nietzsche desconfía profundamente de los sistemas de conocimiento. Por ejemplo, ya veía como síndromes de la descomposición griega tanto a Sócrates como a Platón, al imponer posturas por sobre los instintos, negando la vida con el racionalismo, con la búsqueda de la verdad, cifrando erróneamente la felicidad en ello. Tal crítica es extensible a toda la filosofía exponente de “momias” conceptuales. A uno de los pocos que rescata es a Heráclito, quien, mediante su defensa del contante cambio, del devenir, puso en entredicho al sagrado “ser”, y, en consecuencia, la posibilidad de la verdad, la cual Nietzsche concibe como una mera ficción, puesto que solo existe lo aparente. De haber verdad, esta se asienta sobre lo aparente, lo cual, en estricto rigor, desaparece o deja de tener sentido. En este contexto, la división en mundos significó un descenso para el hombre, un desvío de la naturaleza, un artificio vacío, una ilusión óptica moral, en donde siempre se supone lo que debería demostrarse.

El ideal de verdad, como ya hemos señalado, viene de la mano con un ideal de la personalidad de los individuos. Por ejemplo, el concepto de Ser, afirma Nietzsche, es una extensión del de “yo”. Es una idealización, una imagen de nosotros mismos. Se concibe así al espíritu en términos de causa, como la medida de todo. De allí la increíble correspondencia de nuestras teorías, ya que finalmente encontramos en las cosas lo que nosotros mismos escondimos en ella. Lo mismo ocurre con la idea de “causalidad”,  la cual se constituye como una atropomorfización emocional, en vista de eliminar el miedo ante la incertidumbre. Nietzsche propone una reforma a la educación, para poder llegar a una plena cultura aristocrática, mediante la cual resalten los individuos y en donde todo conocimiento sirva para el enaltecimiento de nosotros mismos. He allí un aporte pragmatista, el conocimiento como creación para el desarrollo del individuo y la plena manifestación de su voluntad de poder, mediante la cual se superará a sí mismo.

Eduardo Schele Stoller.

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