Marcuse: sujeto, sistema y liberación

Lo utópico, denuncia Marcuse, no es ya aquello que “no tiene lugar” ni puede tenerlo en el mundo histórico, sino más bien aquello cuya aparición se encuentra bloqueada por el poder de las sociedades establecidas. Bajo estas, la libertad humana no puede realizarse, debido a su estructura de control y generación de necesidades, satisfacciones y valores que reproducen la servidumbre de la existencia humana, lo cual, como veremos, se traduce ya en una servidumbre “voluntaria” (1969: 11-13).

Marcuse propone una moral que pueda pre condicionar al hombre para la libertad y que reactive nuestra solidaridad, tendencia innata que ha sido reprimida al no cumplir con los requerimientos de la sociedad clasista. Es la economía del consumo y la política del capitalismo empresarial que han creado una segunda natura­leza en el hombre que lo condena, sostiene Marcuse, libidinal y agresiva­mente a la forma de una mercancía. La necesidad de poseer, consumir, manipular y renovar constantemente la abundancia de adminículos, aparatos, instrumentos, máquinas, ofrecidos e impuestos a la gente. La necesidad de usar estos bienes de consumo incluso a riesgo de la propia destrucción, se ha convertido en una necesidad “biológica” (1969: 18, 20).

Estas necesidades, ya ancladas en la estructura instintiva, que buscan la estabilidad y conservación del sistema, impiden la revolución y liberación del hombre. Los valores del sistema han pasado a convertirse en los valores personales de la gente, la cual, por lo demás, se sienten en libertad de poder elegir entre las necesidades sociales (1969: 20-21). Bajo el “velo tecnológico”, afirma Marcuse, las relaciones de producción capitalista tratan de garantizar no sólo la servidumbre, sino que también la felicidad y diversión de la población. Lo anterior le hace evaluar a la misma un mayor estado de bienestar. Sin embargo, destaca Marcuse, la felicidad exige algo más que sentimientos subjetivos, ya que su validez descansa en la auténtica solidaridad de la especie (1969: 21).

Esta apropiación de los valores del sistema es denominado por Marcuse como “introyección”, que vendría a ser la etapa en la que la gente ya no puede rechazar el sistema de dominación sin rechazarse a sí misma. En este sentido, podríamos agregar, la gente misma pasa a ser el sistema, por lo que la liberación pasa por ir en contra de la vo­luntad e intereses prevalecientes de la gran mayoría de la gente (1969: 25). Esto conlleva a lo que Marcuse denomina como “fibra moral” para el funcionamiento adecuado del sistema, entendida como una actitud positiva de la población con respecto a la utilidad de su trabajo y la necesidad de represión y organización social del mismo. Una sociedad, afirma Marcuse, depende de la sensatez del pueblo, de su funcionamiento regular y coordinación, tanto de la mente como del cuerpo. Pero una sociedad también depende de la fe en las propias creencias de su población, las cuales, como hemos visto, son los mismos del sistema operante (1969: 86).

Pero, ¿qué será de las personas en una sociedad libre? ¿No ha estado el sujeto “sujetado” siempre a un sistema? ¿No somos acaso lo que somos en la medida que participamos de un ordenamiento superior? En una sociedad libre al menos, señala Marcuse, seremos libres para pensar en lo que vamos a hacer al respecto.

Eduardo Schele Stoller.