Lugares sagrados e identidad personal

Lugares sagrados, señala Squella, son aquellos a los cuales se vuelve una y otra vez: cafés, bares, librerías, estadios, hipódromos, etc. Si no hay dios tenemos que contentarnos con sucedáneos, en donde podamos tener nuestros más íntimos soliloquios y en donde podamos responder la pregunta acerca de cómo hemos llegado a ser la persona que somos. En ellos podemos tanto recordar cómo olvidar. Los lugares sagrados sirven de antídotos contra el olvido y el recuerdo extremo. Todos, al sentirnos radicalmente inseguros, necesitamos de los lugares sagrados como apoyo (2015: 12-13, 15, 19-20,22).

Un sujeto, afirma Squella, se define por sus deseos, y nuestros deseos los identificamos sabiendo cuales son nuestros lugares sagrados. Un gusto por algo es una reminiscencia, un recuerdo de lo que somos. Son nuestros sentidos los que se encienden ante la presencia de los lugares sagrados (2015: 23-25). Suprimirse un momento es una manera refinada de estar consigo mismo. En el café, lugar sagrado para muchos, no hacemos tiempo, lo dejamos pasar. Hacer tiempo equivale a matar tiempo, mientras que dejarlo pasar es tomar conciencia de cómo transcurre. Viña del Mar, cree Squella, se parece a un Café, en donde el tiempo también se deja pasar (2015: 44, 114). En los lugares sagrados que podemos permanecer en silencio cultivamos eso que se llama imaginación contemplativa, estado previo de la imaginación creativa. En los lugares sagrados lo que buscamos así es ocultarnos de todos, menos de nosotros mismos (2015: 129).

A lo que nos invita Squella es a identificar cuáles son nuestros lugares sagrados, y con esto poder identificarnos a nosotros mismos. Me temo, no obstante, que estos lugares en la actualidad no son elecciones de los individuos, sino que resultan más bien como imposiciones sociales para ser parte del grupo. Malls y centros comerciales, por ejemplo, se han convertido en lugares sagrados para muchos, pero en ellos es difícil poder conocerse. En ellos vamos a perdernos entre la multitud, a olvidarnos hasta de nosotros mismos. El bullicio ensordece la introspección.

Eduardo Schele Stoller.

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