Egoísmo y naturaleza humana

Marshall Sahlins identifica dos aspectos característicos de la tradición occidental: la oposición que se realiza entre naturaleza-cultura y la visión egoísta de la naturaleza humana. Para una serie de autores influyentes, las pasiones egoístas en el hombre serían más fuertes que el interés colectivo o social (Tucídides, Hobbes, Adams) (2011: 19, 21). Esto justifica la idea de un gobierno que ejerza un poder coercitivo para velar por la paz colectiva y evite el estado de naturaleza (lucha de todos contra todos). La naturaleza pasa a considerarse como una necesidad que condiciona un egoísmo pre y anti social, ante el cual debe lidiar la cultura, a través de una política de auto desprecio del género humano (2011: 25, 28, 30-31).

Esta distinción se transmite, señala Sahlins, posteriormente al medioevo a concepciones políticas como la de San Agustín, en sus ideas del pecado original y en defensa de un gobierno jerarquizado contra el mal. O de Santo Tomás, quien, siguiendo a Aristóteles, destacaba que el deseo de buscar el propio bien (alma apetitiva) estaba en todos los hombres (2011: 69, 70, 76). La republica estadounidense también se fundó en una visión pesimista de la naturaleza humana. El estado natural de la humanidad es la guerra, producto de su ambición de poder y dinero (Franklin) (2011: 89, 90-91). La diferencia en la actualidad es que los gobiernos destacan tanto el interés personal en el interés común como el interés común en el interés personal. Este interés colectivo, sostiene Sahlins, lo han sustentado en el nacionalismo y el patriotismo, valores que prosperan mejor en la guerra y expansión imperial, basándose así más en las relaciones externas que internas. La nacionalidad se concibe así como una forma política de parentesco. Ya no se trata de una pasión en lucha contra una pasión. La nación es la pasión (2011: 94-96, 97).

Enfoques científicos y psicológicos contemporáneos también han reafirmado el egoísmo en la naturaleza humana (genética, evolución, psicoanálisis). Pero hay culturas, afirma Sahlins, que no han distinguido entre lo natural y lo artificial, y, por tanto, no han identificado a una dimensión como mala y la otra como buena. Tradiciones más animistas o panteístas, que han concebido el universo como un todo, no han tenido la noción de maldad o bestialidad humana occidental (2011: 101, 103, 111). Esta noción, fruto solo de nuestra imaginación cultural, es errónea y peligrosa. Sahlins cree más bien en una evidente propensión humana hacia la sociabilidad. Somos nosotros los que proyectamos nuestro egoísmo ya desarrollado en los demás (niños por ejemplo). Sahlins afirma que es la cultura la constituye el estado original de la existencia humana, siendo la dimensión biológica algo más bien secundario. La cultura, que data desde hace más de 3 millones de años, es más antigua y fue pre condición del homo sapiens, que existe sólo desde hace cientos de miles de años. Los humanos, llega a sostener Sahlins, evolucionaron biológicamente por una selección cultural, puesto que hemos sido creados en cuerpo y alma para una existencia cultural. Por tales razones, entiende que la cultura es la naturaleza humana, y que ésta dependerá a su vez de una tradición cultural particular (2011: 115, 117, 118, 123)

Sahlins en parte tiene razón. Evolutivamente hablando, las mutaciones que han podido surgir a lo largo de la historia de la especie humana se han seleccionado en un entorno cultural determinado. Esto quiere decir que buena parte de lo que somos depende de los ambientes en los que hemos vivido. Pero también es cierto que la lógica evolutiva es competitiva. Cada entidad viviente luchará por su existencia y reproducción. Puede ser que ciertas condiciones de abundancia de recursos aminoren está dinámica, pero al verse estas mermadas, la competencia tenderá a surgir y con esto, el egoísmo, al tener que velar los individuos por sus propios intereses. No es mucho lo que podamos hacer al respecto. El peligro, contrario a lo que piensa Sahlins, no está en una visión egoísta del hombre, sino en la organización egoísta de la sociedad. No hay bondad o maldad por naturaleza. Estas categorías son meramente humanas y contingentes a los estímulos del entorno. Las creencias sobre el egoísmo natural en el hombre no son arbitrarias. Han recogido fenómenos presenciales en diversas circunstancias históricas. Son estas últimas las que determinan las creencias. La real peligrosidad radica en una manipulación que propicie la aparición del egoísmo. Si las diversas tradiciones de pensamiento occidental han catalogado al hombre como egoísta, es porque sus condiciones de vida han propiciado que surgiera esta característica. Lo peligroso y triste es que tales condiciones de desigualdad, competencia y escasez se sigan manteniendo.

Eduardo Schele Stoller.

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