Vigilar y castigar

El mundo, nos muestra Foucault, presencia una nueva tecnología disciplinar, la cual busca hacer dóciles y útiles a los individuos, tanto en prisiones, hospitales, ejércitos y escuelas. El pasado espectáculo del castigo ha dado paso a un nuevo acto de procedimiento y administración. El castigo ha dejado de ser el teatro del sufrimiento. El castigo, más que en el cuerpo, se centra ahora sobre el alma, pensamiento, voluntad y disposiciones del sujeto (2002: 5, 18, 37).

La muerte suplicio era un arte de retener a la vida en el dolor. Era una técnica, un arte cuantitativo del sufrimiento. Tal suplicio penal buscaba manifestar el poder, siendo el cuerpo del condenado una pieza esencial en el ceremonial del castigo público. El castigo, señala Foucault, era visto principalmente como una manera de procurar una venganza personal y pública, al tratar de reconstituir la soberanía ultrajada. Más que reestablecer la justicia, se buscaba reactivar el poder. El suplicio funcionaba como un operador político y realizador de poder (2002: 41, 46, 51, 52).

Pero el costo económico y político de esta forma de castigar era elevado, al poder verse como un exceso arbitrario de los privilegios del soberano. La nueva forma de castigar busca una mayor universalidad y necesidad, para poder arraigarse más profundamente en el cuerpo social (2002: 75, 76). Para esto, se reemplaza la severidad del antiguo sistema por la vigilancia. Se sustituye la técnica punitiva por una nueva política del cuerpo, en donde la ley parezca ser una necesidad de las cosas y el cuerpo de los condenados pase a ser un bien social, objeto de una apropiación colectiva y útil. El castigo pasa así a ser más una escuela que una fiesta, el criminal como un elemento de instrucción y la cárcel como museo del orden. Su función ahora es prevenir y reformar (2002: 89, 101, 108, 111, 114-116, 133). Esto se logra, sostiene Foucault, mediante un control minucioso de las operaciones del cuerpo, imponiéndoles una relación de docilidad, control y utilidad, estableciendo ritmos y asignando ocupaciones. Lo anterior también es observable en colegios, talleres y hospitales. En las instituciones puede verse así un esquema anatomo-cronológico (serial) del comportamiento, en vista de una normalización homogenizadora. El individuo, afirma Foucault, es una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder que se llama disciplina (2002: 142, 155, 157, 161, 190, 199).

La utopía de la ciudad perfecta contemporánea es aquella en la que se ejerce la jerarquía, la vigilancia y la inspección sobre los cuerpos individuales, esto es, el “panoptismo”, que mediante técnicas e instituciones, se busca medir, controlar y corregir a los anormales. En donde el funcionamiento del poder, afirma Foucault, sea automático y cumpla el objetivo de ser visto sin ver jamás y, con esto, automatizar y desindividualizar el poder. El espectáculo permitía identificar a los ejecutores del poder. En vista de la invisibilidad, en cambio, nuestra sociedad privilegia la vigilancia (2002: 203, 204-206, 228).

¿Ha tenido éxito esta nueva tecnología del poder? Foucault responde negativamente con respecto a uno de sus objetivos, el reformar. En el caso de la prisión, ésta se ha convertido en una fábrica de delincuentes. En el caso de la escuela, se ha cuestionado duramente sus objetivos y roles reproductivos. Sin embargo, este es un fracaso menor. El principal objetivo, y donde ha habido mayor éxito, ha sido en el ocultamiento del poder. Su tecnología de implementación ha sido tal que el individuo ya no es consciente de dónde procede ni qué objetivo tiene. En este sentido, se puede sentir cierta disconformidad, pero no se sabe bien ante qué.

 

Eduardo Schele Stoller.

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