El mundo, nos muestra Foucault en esta obra, presencia una nueva tecnología disciplinar, la cual busca hacer dóciles y útiles a los individuos, tanto en prisiones, hospitales, ejércitos y escuelas. El pasado espectáculo del castigo ha dado paso a un nuevo acto de procedimiento y administración. El castigo ha dejado de ser el teatro del sufrimiento, centrándose ahora sobre el alma, pensamiento, voluntad y disposiciones del sujeto.

La muerte suplicio era un arte de retener a la vida en el dolor. Era una técnica, un arte cuantitativo del sufrimiento. Tal suplicio penal buscaba manifestar el poder, siendo el cuerpo del condenado una pieza esencial en el ceremonial del castigo público. El castigo, señala Foucault, era visto principalmente como una manera de procurar una venganza personal y pública, al tratar de reconstituir la soberanía ultrajada. Más que reestablecer la justicia, se buscaba reactivar el poder. El suplicio funcionaba así como un operador político y realizador de poder.

Pero el costo económico y político de esta forma de castigar era elevado, al poder verse como un exceso arbitrario de los privilegios del soberano. La nueva forma de castigar busca una mayor universalidad y necesidad, para poder arraigarse más profundamente en el cuerpo social. Para esto, se reemplaza la severidad del antiguo sistema por la vigilancia. Se sustituye la técnica punitiva por una nueva política del cuerpo, en donde la ley parezca ser una necesidad de las cosas y el cuerpo de los condenados pase a ser un bien social, objeto de una apropiación colectiva y útil.

El castigo pasa así a ser más una escuela que una fiesta, el criminal como un elemento de instrucción y la cárcel como museo del orden. Su función ahora es prevenir y reformar. Esto se logra, sostiene Foucault, mediante un control minucioso de las operaciones del cuerpo, imponiéndoles una relación de docilidad, control y utilidad, estableciendo ritmos y asignando ocupaciones. Lo anterior también es observable en colegios, talleres y hospitales. En las instituciones puede verse así un esquema anatomo-cronológico (serial) del comportamiento, en vista de una normalización homogenizadora. El individuo, afirma Foucault, es una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder que se llama disciplina.

La utopía de la ciudad perfecta contemporánea es aquella en la que se ejerce la jerarquía, la vigilancia y la inspección sobre los cuerpos individuales, esto es, el “panoptismo”, que mediante técnicas e instituciones, busca medir, controlar y corregir a los anormales. En donde el funcionamiento del poder sea automático y cumpla el objetivo de ser visto sin ver jamás y, con esto, automatizar y desindividualizar el poder ¿A qué refería originalmente el panóptico de Jeremy Bentham? Este “ojo del poder”, nos señala Foucault, alude en principio a un prototipo construcción penitenciaria, la cual tenía las siguientes características:

En la periferia un edificio circular; en el centro una torre; ésta aparece atravesada por amplias ventanas que se abren sobre la cara interior del círculo. El edificio periférico está dividido en celdas, cada una de las cuales ocupa todo el espesor del edificio. Estas celdas tienen dos ventanas: una abierta hacia el interior que se corresponde con las ventanas de la torre; y otra hacia el exterior que deja pasar la luz de un lado al otro de la celda. Basta pues situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un alumno.

Bentham crea con esto una tecnología de poder específica para resolver los problemas de vigilancia. Esto comienza a responder a necesidades nuevas. En la antigüedad, señala Foucault, el arte de construir buscaba manifestar el poder, la divinidad, la fuerza. El palacio y la iglesia, por ejemplo, constituían las grandes formas mediante las cuales se manifestaba el poderío de un soberano o de Dios. Esto comienza a cambiar a finales del siglo XVIII, donde la organización del espacio comienza a servir a fines económico-políticos, a través de la intención de una vigilancia universal y de una técnica del ejercicio de un poder “omni-contemplativo”.

Bajo esta estrategia, como sostiene Foucault, ya no hay necesidad de armas, de violencia física, ni de coacciones materiales. Basta con la amenaza de una mirada vigilante, la cual termine por ser interiorizada hasta tal punto que los individuos pasen a vigilarse a sí mismos. Con esta fórmula se aseguraba el ejercicio de un poder continuo mediante un coste mínimo. La perpetuación de este poder se aseguraba además debido a que, a diferencia de la antigüedad, el poder ya no se identifica sustancialmente con un individuo o institución particular que lo ejerza, sino que el poder pasa a ser una estrategia, un proceso, una maquinaria de la que nadie es titular. En el Panóptico, afirma Foucault, cada uno, según su puesto, está vigilado por todos los demás.

Mientras el castigo espectáculo permitía identificar a los ejecutores del poder, en vista de la invisibilidad, nuestra sociedad privilegia ahora la vigilancia ¿Ha tenido éxito esta nueva tecnología? Foucault responde negativamente con respecto a uno de sus objetivos, el reformar. Pero donde ha habido mayores logros es en el ocultamiento del poder. Su tecnología de implementación ha sido tal que el individuo ya no es consciente de dónde procede ni qué objetivo tiene. En este sentido, se puede sentir cierta disconformidad, pero no se sabe bien ante qué.

Eduardo Schele Stoller.

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