Unamuno y el sentimiento trágico de la vida

Si, si, lo veo; una enorme actividad social, una poderosa civilización, mucha ciencia, mucho arte, mucha industria, mucha moral, y luego, cuando hayamos llenado el mundo de maravillas industriales, de grandes fábricas, de caminos, de museos, de bibliotecas, caeremos agotados al pie de todo esto, y quedará ¿Para quién? ¿Se hizo el hombre para la ciencia o se hizo la ciencia para el hombre? (2011: 29).

La filosofía, nos señala Unamuno, brota como un sentimiento inconsciente que responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y  total del mundo y de la vida. Contrario a Hegel, para él, lo real es irracional. Siendo la razón la que construye sobre las irracionalidades (2011: 22, 24).

Una necesidad inherente al ser humano, y que constituye nuestra esencia, es el deseo de no morir. Y esto porque, según Unamuno, lo que nos hace humanos, es un principio de unidad y continuidad. Aspecto que la muerte viene a interrumpir (2011: 25-26). En este sentido, el hombre se ve a sí mismo siempre como un fin en sí mismo. El mundo se hace así para la conciencia, en vista de nuestro inmortal anhelo de inmortalidad (2011: 29-30). Es esta obsesión la que fundamenta, por ejemplo, a la ciencia, la cual no busca la verdad por ella misma, sino que busca la vida en la verdad. Las variaciones de la ciencia, afirma Unamuno, dependen de las variaciones de las necesidades humanas. Sin embargo, la ciencia no satisface como la religión nuestras ansias de inmortalidad, de hecho, la contradice. La verdad racional y la vida están en contraposición (2011: 33, 97).

Por su parte, lo mismo ocurre con sus facultades cognitivas. El hombre no ve, ni oye, ni toca, ni gusta, ni huele más que lo que necesita para vivir y conservarse. Los sentidos, afirma Unamuno, son aparatos de simplificación, que eliminan de la realidad objetiva todo aquello que no nos es necesario conocer para poder usar de los objetos a fin de conservar la vida (2011: 38). Bajo este aspecto explica, por ejemplo, el deleite amoroso sexual, el cual valdría como una sensación de resurrección en el otro para perpetuarnos. Es así la propia perpetuación lo que buscamos en el amor, lo que contaría entonces más bien como un egoísmo (2011: 120).

El conocimiento está así al servicio del instinto de conservación, siendo esto último lo que constituye nuestra realidad y verdad del mundo perceptible. De esta forma, el punto de partida de toda filosofía, señala Unamuno, es lo práctico, no lo teórico. El filósofo es un hombre y filosofa para vivir. (2011: 39, 42). Pensamos porque vivimos. La forma de nuestro pensamiento responde a la de nuestra vida. De esta forma, para Unamuno, las doctrinas éticas y filosóficas no suelen ser sino la justificación a posteriori de nuestra conducta (2011: 211-212).

Pero de lo racional, advierte Unamuno, también proviene el sentimiento de lo trágico. Y esto, porque todo lo racional al estar marcado por el escepticismo, es anti vital. Contrario a la afirmación cartesiana, para Unamuno primero vivimos, luego pensamos. Y la vida, como hemos visto, está marcada por el deseo de no morir (2011: 45, 47, 87). Esto es algo que también puede verse en la religión, las cuales históricamente parten por el culto a los muertos, es decir, a la inmortalidad[1] (2011: 50-51). Al proyectarse hacia fuera la subjetividad de la conciencia el mundo se personaliza. Este sentimiento es la raíz del concepto de divinidad. Es dios así la más rica y personal concepción humana. Es a nosotros mismos, nuestra eternidad, lo que buscamos en Dios. Es por creer que el universo existe para el hombre, a través de una conciencia (Dios) que nos conozca, y en cuyo seno viva nuestro recuerdo para siempre (2011: 138, 146, 155). ¿Qué sería, se pregunta Unamuno, un universo sin conciencia alguna que lo reflejase y lo conociese? Nuestra vida carecería de sentido. No es pues necesidad racional, sino angustia vital, lo que nos lleva a creer en dios. Para salvar la finalidad humana del universo. La religión es una hedonística trascendental. Lo que busca el hombre en ella es salvar su propia individualidad[2], eternizarla, lo que no se consigue ni con la ciencia, ni con el arte, ni con la moral (2011: 156, 252).

Vivimos así en una constante mentira, tratando de ahogar el sentimiento trágico de la vida (2011: 116).

Eduardo Schele Stoller.

[1] En la misma lógica cae el que se mata, el cual lo hace por un ansia de vida suprema (2011: 54).

[2] Ante la pregunta por el sentido de la inmortalidad, esto es algo que para Unamuno no puede ser respondido, ya que es preguntar por la razón de la razón, el fin del fin, o el principio del principio (2011: 56).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s