¿Piensas por ti mismo?

¿Piensas por ti mismo?[1] Esta es la pregunta que nos convoca. No es una pregunta superflua. La mayoría de las personas tenderá a contestarla afirmativamente, pues creen que en ellos mismos reside la posibilidad de optar o elegir algo. Pero, ¿realmente elegimos y pensamos autónomamente?

Este problema es el que preocupó al filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), cuando se preguntaba qué es lo que nos hace individuos mayores de edad. Esto no se relaciona como en la actualidad con el cumplir los 18 años. Para Kant la mayoría de edad tenía que ver con poder pensar por uno mismo. En este sentido, un adulto no necesariamente es mayor de edad de intelectual. Es a medida que nos atrevemos a usar nuestra propia razón que nos volvemos en seres ilustrados. De hecho, Kant creía que en su época se estaba viviendo un proceso de ilustración, en donde paulatinamente los hombres hacían abandono de su minoría de edad intelectual, entendida como la incapacidad de poder servirse de su propio entendimiento, sin guía de ningún otro. Esta minoría de edad es de exclusiva responsabilidad del individuo, al no tener el valor de pensar por sí mismo (sapere aude), producto, según Kant, de su propia pereza y cobardía (Kant, 2001: 287).

La ilustración requiere así de la libertad, podríamos decir, interna o de pensamiento, relacionada con el uso público o docto de la propia razón. Este uso debe ser siempre libre. Pero, ¿qué ocurre con nuestra libertad externa o de acción? Para Kant esta libertad debe ser restringida. A ésta la llama uso privado de la razón, ya que se ejerce bajo una determinada función o puesto civil. Es necesario obedecer y no razonar en tal sentido. Esto, sin embargo, no obstaculiza, afirma Kant, el proceso de ilustración (Kant, 2001: 288).

Sin embargo, aquí podemos detectar un problema. ¿Podemos ser libres de pensamiento y no de acción? Kant al menos nos sugiere que sí, pero ¿tiene esto alguna utilidad? ¿De qué nos sirve pensar, querer o imaginar algo si nunca podremos concretarlo? Kant quizás intuyó que de no limitar la libertad de acción se daría origen a un caos social, puesto que cada quien haría lo que quisiese, pasando por alto el bienestar de los demás. Kant, no obstante, se preocupó más de la libertad pensamiento, ya que constataba que la mayoría de sus contemporáneos se restringía sólo al uso privado de la razón, pensando y hablando así a través de otros. Esto imposibilitaba el progreso del conocimiento hacia una época ilustrada, puesto que las creencias así vistas se considerarían como inmutables (Kant, 2001: 289). Estos obstáculos, creía Kant, iban disminuyendo y por ende así se abandonaba la minoría de edad, avanzando finalmente hacia la libertad de conciencia. Por eso hablaba de un proceso de ilustración, pero no aun de una época ilustrada (Kant, 2001: 290).

Un problema que queda abierto aquí se relaciona con la paradoja dada entre la libertad civil, que podríamos asociar más con el uso privado de la razón, y la libertad espiritual, la cual más relacionada con el uso público de la misma. Según Kant, a mayor libertad civil o de acción, mayores son los límites que se imponen a la libertad espiritual o de pensamiento; mientras que a menor grado de libertad civil, la libertad espiritual sería mayor (Kant, 2001, 291). ¿Cómo interpretar esta situación? Quizás Kant tenga razón en este punto al menos en el sentido de que una mayor libertad civil no implica una mayor libertad espiritual. Por ejemplo, nuestra sociedad democrática presenta mayores libertades civiles que antaño, sin embargo, esto no ha significado necesariamente un incremento en las libertades espirituales, puesto que los individuos siguen haciendo, y quizás más que antes, un uso privado o dependiente de la razón. Puede que ahora las fuentes de ese uso sean más diversas, pero siguen dentro del marco de lo privado. Pareciera que mientras más coartada y limitada es la libertad civil, más crítico y consciente es el hombre.

Otro aspecto a considerar es que no todos están en las mismas condiciones para hacer un uso público, libre o autónomo de la razón. Esto sucede en parte por el tipo de educación que ha recibido el individuo, ya que usualmente los docentes o tutores no enseñan a los alumnos a pensar por sí mismos, a ser críticos o conscientes. Es más, los mismos maestros suelen no salir del uso privado de la razón, limitándose meramente a replicar contenidos. En esto radica la importancia pedagógica de la filosofía, una disciplina que, como ya era concebida por Sócrates, es primordialmente crítica, liberadora, que tiene la labor de promover el uso público o autónomo de la razón.

Ya lo decía Sócrates: una vida sin examen (cuestionamiento) no merece la pena ser vivida.

Eduardo Schele Stoller.

[1] Texto expuesto en el I Café filosófico del Colegio Saint Dominic de Viña del Mar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s