Drogas, percepción y realidad

Un momento clave para la expansión perceptual a través de drogas psicotrópicas se produjo a partir del accidental descubrimiento del LSD en el año 1943 por parte de Adolf Hofmann[1]. Bajo los efectos del LSD, la imagen del mundo cotidiano sufre una drástica transformación, acompañado por un marcado desinterés por el entorno común, las personas que lo habitan y por el propio cuerpo (1991: 59, 95). Esto último fue hecho explícito por uno de los padres del movimiento hippie en los Estados Unidos, el psicólogo Timothy Leary, quién acuñara la frase turn on, tune in, drop out (enciéndanse, sintonícense por dentro y déjenlo todo), con lo cual incitaba a abandonar el estilo de vida común, esto es, renunciar a toda convención social y dedicarse por entero al mundo interior (1991: 88). Tales experiencias buscan así una supresión de la barrera yo/tú[2]. En este contexto, Hofmann señala que el divorcio que se da entre el hombre y su medio, acrecentada actualmente en la vida industrial occidental, sólo puede superarse si sustituimos el concepto materialista en el que se sustenta por la conciencia de una realidad totalizadora que incluya también el “yo” que la percibe, bajo la cual el hombre se reconozca en unidad con la naturaleza. En este sentido, afirma Hofmann, cualquier medio que facilite a tal concepción debe ser reconsiderada, ya sea a través de experiencias místicas, la meditación o por medio de psicofármacos alucinógenos alteradores de conciencia[3] (1991: 6).

A raíz de sus ensayos con una variada gama de sustancias alucinógenas, Hofmann sostiene que lo que denominamos “realidad” no es en ningún caso algo fijo y sujeto a una única significación, sino que existen varias realidades, bajo las cuales se viven distintas conciencias del yo (1991: 213). El problema de la realidad, señala Hofmann, puede abordarse de dos formas. Con un método de pensamiento racional-filosófico o emocionalmente a través de una experiencia existencial. El que ha primado ha sido claramente el primero, el cual se volvió patente con el comienzo de la filosofía en Grecia. Esta tradición racionalista y analítica ha traído como consecuencia el surgimiento de la técnica y de la ciencia, a través de las cuales ha dominado a la naturaleza, pero a costa de la separación entre el yo y el mundo (1991: 214, 217). Nuestro actual contexto, afirma Hofmann, acrecienta esta separación, producto de los sentimientos de alienación, soledad y amenaza, los cuales, podríamos agregar, sujetan cada vez más a los individuos a esta realidad cotidiana. A esto se ha referido también Nietzsche en El nacimiento de la tragedia. Lo citamos a continuación desde la obra de Hofmann:

Por la influencia de la bebida narcótica, de la que hablan todos los hombres y pueblos primitivos en sus himnos, o en el vigoroso acercarse de la primavera, que penetra sensualmente toda la naturaleza, se despiertan aquellas emociones dionisíacas, en cuya elevación lo subjetivo desaparece en el completo olvido de sí mismo. Bajo la magia de lo dionisíaco no sólo vuelve a cerrarse la unión entre hombre y hombre; también la naturaleza enajenada, hostil o sojuzgada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre[4] (1991: 219).

Hofmann observa también retazos de tales ideas en la biblia. Alude en particular al Evangelio según San Juan (capítulo catorce, 16–20), en donde Jesús al despedirse de sus discípulos les dice:

Y yo rogaré al padre, y él os dará otro asistente para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de  la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros; dentro de poco el mundo ya no me verá; pero vosotros sí me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros (1991: 222).

Hofmann en particular se identifica con esta fe cristiana, la cual además motiva su investigación científica, a través de la cual intentaría llegar al conocimiento de la creación y de la unidad con la verdad universal, con Dios[5] (1991: 222-223). Sin embargo, más allá de los deseos o creencias personales, el pretender desde un punto de vista científico llegar a conocer una verdad independiente de un sujeto parece difícil. El efecto que producen sustancias alucinógenas como el LSD, como bien lo ha descrito Hofmann, lo que hacen es sintonizar en una frecuencia distinta al receptor, esto es, al cerebro. No obstante, esto no significa que se pueda salir de éste. Todas las maravillosas posibilidades de percepción suceden dentro del receptor. Esto se traduce en que la pretensión de Hofmann de suprimir la barrera yo-tu mediante una fusión sujeto-objeto o entre receptor y emisor, resulta difícil de imaginar. De allí que toda creencia fundamentada en tales experiencias, ya sea religiosa, mística o científica, no puede hacer mucho más que lo que ya realizan las mismas disciplinas pero bajo la realidad común y cotidiana.

Hofmann afirma que la realidad es impensable sin un sujeto que la experimente, esto es, sin un yo. La realidad resultaría del mundo exterior (emisor) y del yo (receptor), siendo este último el que logra registrar al primero a través de los órganos sensoriales. Ahora bien, si llegara a faltar una de estas partes, no se concreta ninguna realidad. La pantalla, se sostiene, queda vacía. Entendida la realidad bajo esta concepción dualista emisor-receptor, Hofmann interpreta la percepción de una nueva realidad bajo los efectos de drogas como el LSD, en donde el cerebro, en donde reside el receptor, es modificado bioquímicamente. El receptor, afirma, es sintonizado en otra longitud de onda de la que corresponde a la realidad cotidiana. Así, según la sintonía del receptor, podrían ingresar infinitas realidades distintas a la conciencia. Tales realidades no deberían considerarse como excluyentes, sino que como complementarias (1991: 214). Ahora bien, según Hofmann lo que diferenciaría la realidad cotidiana de las otras experimentables, es que bajo la primera el yo y el mundo exterior están separados. Aquí nos enfrentamos al mundo exterior como un objeto. Por otra parte, bajo el efecto de sustancias como el LSD, lo que se experimenta es una desaparición de las fronteras entre el yo y lo externo. Parte del yo allí se siente como habitando en el mundo exterior, experimentándose así una mayor unidad con una realidad trascendente.

Eduardo Schele Stoller.

[1] Hoffman descubrió los efectos alucinógenos del LSD de forma accidental cuando manipulando la sustancia en su laboratorio entró en contacto con el químico. Posteriormente, ya de forma consciente, repetiría la experiencia a través de una serie de auto ensayos, las cuales cambiarían ya para siempre su concepción de la realidad.

[2] En este sentido, señala Hofmann, el LSD puede traer incluso beneficios terapéuticos para pacientes con trastornos egocéntricos, puesto que les ayuda a desprenderse de su aislamiento. Otro efecto documentado es la capacidad de recordar sucesos de la vida del individuo que parecían olvidados o reprimidos, los cuales vuelven a la conciencia (1991: 60). También se puede presentar supresión del dolor. De hecho, hay instituciones que lo administran a pacientes con enfermedades terminales y extremadamente dolorosas, con el fin de que conlleven mejor la enfermedad y adquieran una trascendencia y significación más profunda de la misma (1991: 64).

[3] La peligrosidad de esta droga no radica, señala Hofmann, en su toxicidad, sino que en la imposibilidad de preveer sus efectos psíquicos en las personas que lo consumen (1991: 40).

[4] Hofmann destaca que en las fiestas celebradas en honor a Dionisio estuvieron estrechamente relacionados los misterios eleusinos, los cuales consistían en ritos de iniciación al culto de las diosas Deméter y Perséfone, que se extendieron desde el 1500 a.C. hasta el siglo IV d.C. Se cree que en estas ceremonias se consumía una sustancia alucinógena conocida como “kykeon”, el cual habría sido derivado del cornezuelo de centeno, desde el cual se aísla actualmente también el LSD. A los iniciados en estas ceremonias se les prohibía revelar lo averiguado y visto durante el rito. Entre algunos de los iniciados que habrían participado de la ceremonia, Hofmann nombra a Pausanias, Platón[4] y los emperadores romanos Adriano y Marco  Aurelio (1991: 220, 221).

[5] En este afán, el cristianismo eclesiástico según Hofmann no contribuye en nada, puesto que lo ha hecho es acrecentar la dualidad creador/criatura, alejando además tales aspectos de la naturaleza (1991: 223)

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