El existencialismo, afirmaba Sartre, es una doctrina que declara que toda verdad y acción implican un medio y una subjetividad humana. Si la existencia precede a la esencia, hay que partir de la subjetividad. Con el ateísmo filosófico, a partir del siglo XVIII la noción de Dios comienza a ser cuestionada, sin embargo, no ocurre lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia.

En Kant, por ejemplo, el hombre aun es poseedor de una naturaleza humana. Cada hombre es un ejemplo particular del concepto universal de hombre. La esencia de hombre precede así a su existencia histórica. Esto para Sartre es un error, ya que el hombre empieza por existir, surge en el mundo, solo después se define. El hombre no es definible, podríamos decir, a priori, porque empieza por no ser nada. Solo será después, y será tal como se haya hecho. No hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre no es otra cosa que lo que él se hace.

Es por esto que Sartre llega a considerar al ser humano como un proyecto que se vive subjetivamente. Nada existe previamente a él. Seremos así lo que hemos proyectado ser. Si la existencia precede a la esencia, seremos además responsables de lo que somos y de nuestra existencia. Pero el reconocimiento de esta responsabilidad nos lleva a la angustia, al desamparo de la inexistencia de Dios y del bien a priori. Como señalara Dostoievski: “Si Dios no existiera, todo estaría permitido”. El existencialismo apunta también así a la idea del abandono, en la medida que somos libres, pues, una vez arrojados al mundo, somos responsables de lo que hacemos y elegimos.

Esto nos lleva a una filosofía que consecuentemente privilegiará la acción. Solo hay realidad, sostiene Sartre, en la acción. El hombre no es más que su proyecto, no existe más que en la medida que se realiza. No es otra cosa que el conjunto de sus actos. El hombre se construye a sí mismo, y se hace al elegir y darle un sentido a la vida (valor). Pero esto no quiere para Sartre que el ser humano pase a considerarse como un fin, ya que éste está en constante realización. El culto a la humanidad (Comte), advierte Sartre, conduce al humanismo cerrado (fascismo). El existencialismo, en cambio, valoriza al individuo y su libertad. No hay otro universo más que el universo de la subjetividad humana. No hay otro legislador que nosotros mismos.

Eduardo Schele Stoller.

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