Ortega: la rebelión de las masas y la deshumanización del arte

Ortega: la rebelión de las masas y la deshumanización del arte

Ortega y Gasset señalaba que vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, esto es, a decidir lo que vamos a ser en el mundo. Pero en nuestro tiempo quien decide es el hombre masa, un sujeto que carece de todo proyecto, que va a la deriva y que, como niño mimado, no limita sus deseos, pues todo se le permite y a nada se le obliga.

El hombre masa depende de las circunstancias, si estas no le apremian, se sentirá soberano de su vida. Esto lo diferencia del hombre excelente, siempre disconforme y autoexigente, ya que basa su vida en algún servicio trascendente, llevando una vida disciplinada y noble, la que, según Ortega, se define no por los derechos, sino que por las obligaciones.

La filosofía, por ejemplo, le es ajena al hombre masa, ya que esta no le presenta utilidad alguna. No ocurre lo mismo con las ciencias experimentales, las que llegan a identificarse con el hombre vulgar. De hecho, Ortega afirma que la ciencia experimental ha progresado gracias al trabajo de hombres mediocres, del hombre intelectualmente medio. Producto de su mecanización, esta disciplina puede ser ejecutada por cualquiera, pues el especialista “sabe” muy bien su mínimo rincón de universo, pero muestra la estupidez propia del hombre masa en las demás esferas de la vida.

Una de estas esferas es el arte. Lo característico del arte moderno es que divide al público en dos clases de personas; los que lo entienden (egregios) y los que no (vulgares). Esto quiere decir que no está hecho para todos, pues para la mayoría el goce estético se basa en la actitud que emplean en su vida cotidiana. La masa solo tolera aquellas formas artísticas que no desvíen su percepción de las formas y peripecias comunes. El arte popular se identifica así con un extracto o extensión de la vida cotidiana, siendo así de corte más realista.

En la actualidad, sostiene Ortega, hay un intento de purificación del arte, entendida como una eliminación progresiva de los elementos humanos que este siempre ha alojado. Este pasa a ser ahora un arte para artistas, no para la masa, al deshumanizarse al pintar, por ejemplo, a un hombre que se parezca lo menos posible a un hombre. Esto es algo que, cognitivamente, puede ser muy coherente, ya que, a juicio de Ortega, la relación de nuestra mente con las cosas consiste en pensarlas, en formarse ideas de ellas. Esto significa que entre la idea y la cosa habrá siempre una absoluta distancia, puesto que lo real rebosará siempre del concepto que intenta contenerlo. El objeto así es siempre más y de otra manera que lo pensado en su idea.

Es quizás por todo esto que para Ortega vivir signifique sentirse perdido. El que no se siente de verdad perdido se pierde, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad. La vida humana es constante ocupación con algo futuro. Desde el instante actual nos ocupamos del que sobreviene, por lo que vivir implica un hacer constante. Pero de esto es precisamente de lo que intenta escapar compulsivamente el hombre masa, al entregarse a la servidumbre y al querer vivir constantemente al vaivén de la rutina, lo común y lo cotidiano, incluso a través del arte.

Eduardo Schele Stoller.

 

 

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