Naturalismo moral y la maximización del egoísmo

Las visiones de Sade y Nietzsche muestran algunas similitudes con respecto a la moral. Ambos la naturalizan, lo que implica, casi necesariamente, su inmediata inversión. Lo que la tradición judeo-cristiana considerada tradicionalmente como “bueno” pasa a ser desde este punto de vista algo malo, ¿para qué?, para los intereses de la naturaleza, los cuales median a través de nosotros.

En el caso de Sade esto se hace patente cuando afirma que el ser humano debe obedecer, nutrirse y servirse de las pasiones, puesto que es lo único que nos conduce a la felicidad. Aconseja así despreciar todo lo que sea contrario a las leyes del placer. Se debe destruir consecuentemente a la virtud, la tradición y a la educación que la perpetúa. Hay que convertirse al libertinaje, pervirtiendo los principios de la moral (2012: 291, 297). Esto es, según Sade, lo que nos demanda la naturaleza, la cual sólo ha querido que obtuviésemos el placer, nuestro único Dios, mediante el sufrimiento (2012: 304, 307, 309). El hombre sólo debe su existencia a los designios de la naturaleza. Dios es sólo una quimera creado por la razón. Todas nuestras ideas, afirma Sade, son representaciones de los objetos que nos golpean. Dios es así una idea sin objeto. Todo principio es un juicio, todo juicio es resultado de la experiencia y ésta solo se adquiere a través del ejercicio de los sentidos, de lo que se sigue que los principios religiosos no demuestran nada ni son innatos (2012: 390). De allí que una fundamentación de la moral no pueda proceder de principios trascendentes. Desde un punto de vista naturalista y, podríamos añadir, evolutivo, la bondad, que ha sido tradicionalmente considerada como una virtud, no es más que una actitud de los débiles (2012: 313-317, 418). El imperativo máximo de una moral naturalizada será el del egoísmo. El deleite, según Sade, debe ser propio y sin importar si este ha sido a expensas de los demás. En un estado de guerra natural, como expuso Darwin mediante la selección natural, sólo los mas fuertes prevalecerán. La crueldad así para Sade es una virtud y no un vicio (2012: 347, 348, 371-375).

Nietzsche por su parte también apunta sus críticas a todo aquello que obstaculice el flujo de los instintos y la naturaleza en general, aspectos por los cuales debemos guiarnos (2004: 340). Por esta razón Nietzsche dirige sus dardos hacia el cristianismo, el cual a su juicio niega la voluntad del hombre, convirtiéndolo en un animal débil, enfermizo, mediocre y de rebaño (2004: 305, 317). Nietzsche adhiere fervientemente a la selección natural, lo cual queda claro cuando afirma que, como ya había intuido Sade, los débiles y fracasado deben perecer, tal cual sucede en la naturaleza para que sobrevivan los más fuertes (2004: 614). Al igual como considerara Sade, la “compasión” pasa a ser uno de los antivalores más dañinos para el individuo, puesto que mediante él se niega su poder, fuerza elemental que rige a la vida. Nietzsche propone así también una inversión de los valores cristianos; lo bueno pasa a ser todo aquello que eleve al hombre al ejercicio de su voluntad de poder, y la felicidad radicará en la superación de la resistencia para lograrlo. Se emprende así en la tarea de naturalizar los valores, para que estos vuelvan a responder a los deseos, placeres e instintos (2004: 459, 474, 477, 522). Vuelve a instaurarse así el egoísmo como virtud. Sin placer no hay vida, la lucha por el placer es la lucha por la vida. Uno ama a los demás, afirma Nietzsche, por los sentimientos gratos que despiertan en nosotros. El criterio de evaluación pasa a ser así la utilidad individual (2011: 98, 122).

Pero el objetivo de Nietzsche va más allá que la mera servidumbre a la naturaleza que promulgaba Sade. El paso del deber al querer que encontramos en Nietzsche busca llegar al “superhombre”. Es cierto que para esto el hombre debe volver a ser un animal (al más puro estilo de Sade), pero esto no es más que una etapa para algo superior. Si bien Nietzsche también edifica su teoría desde lo corpóreo, desde lo instintivo, lo hace para promover la libertad individual, esto es, en sentido moral, para que cada quien postule su propio imperativo categórico, en vista siempre de potenciar su propia voluntad de poder (2004: 465). El superhombre no será así un mero esclavo de la naturaleza.

Eduardo Schele Stoller.

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