Calle, conversación y bar

En la calle, nos dice Giannini (1927-2014), no somos más que meros transeúntes. Lo más accesible y común es la calle, lugar de circulación cotidiana. En este juego, un rol importante cumple la rutina (ruta, recurrencia). El lugar que la representa es la habitación, que es donde se cierra el ciclo habitual, donde habitamos. El ciclo empieza en el hogar y termina en el trabajo (domicilio, calle, trabajo, calle, domicilio….). La casa representa así para Giannini el regreso a sí mismo. El yo en el domicilio es el centro de toda perspectiva. El domicilio es el símbolo de la singularidad humana, mientras que la calle lo es de la universalidad y sociabilidad.

Rutina viene de ruta, lo que posibilita el transcurso del tiempo cotidiano. La calle comunica el tiempo para sí (casa) con el tiempo para otros (trabajo). Una característica de la calle es su incertidumbre, puesto que en ella podemos extraviarnos, desviarnos. La calle es posibilidad. La calle no es sólo medio, sino que también, debido a sus normas, límite de nuestros proyectos. Es la base del tiempo ferial, de días hábiles y laborales, en el que estamos volcados hacia una realidad que no es más que la trama de los trámites del mundo. La mundanidad del mundo se manifiesta como tramitación, mientras que el domicilio representa lo contrario. Es el reencuentro con uno mismo y la suspensión del trámite, es una desmundanización.

La vida cotidiana, señala Giannini, es como un círculo: regreso al punto de partida para volver a partir y regresar nuevamente. En este sentido, la cotidianeidad es esencialmente reflexiva. Ahora bien, esta función no es exclusiva del domicilio, la plaza cumple también esta función pero para la comunidad. La plaza es la apertura de la calle: el suspenso de su condición tramitadora, puesto que toma distancia del tránsito y el trámite. El sentido funcional de la calle muere en la plaza. Se abren allí una multiplicidad de direcciones. La plaza es el tiempo reflexivo de la ciudad.

Otra forma de interrumpir el tránsito de la calle es el detenerse a conversar, lo cual es visto por Giannini como un acto de desvío, una transgresión al sentido del tránsito y a la condición de transeúntes que asumimos en él. Conversar es un modo de hospitalidad humana, para lo cual deben crearse las condiciones domiciliarias, tiempo libre, espacio aquietado, al margen del trajín de la calle. Lo anterior puede llevarse a cabo, por ejemplo, en otro espacio transgresor: el bar. El bar, sostiene Giannini, pertenece a un espacio y tiempo marginados del mundo y del quehacer. Simula la experiencia religiosa de la confesión mediante la conversación. Estos lugares son, como señala Agustín Squella, “lugares sagrados”. Si no hay Dios, tenemos que contentarnos con sucedáneos, en donde podamos tener nuestros más íntimos soliloquios y en donde podamos responder la pregunta acerca de cómo hemos llegado a ser la persona que somos. En ellos podemos tanto recordar como olvidar. Los lugares sagrados sirven de antídotos contra el olvido y el recuerdo extremo. Todos, a juicio de Squella, al sentirnos radicalmente inseguros, necesitamos de los lugares sagrados como apoyo.

Un sujeto, afirma Squella, se define por sus deseos, y nuestros deseos los identificamos sabiendo cuales son nuestros lugares sagrados. Un gusto por algo es una reminiscencia, un recuerdo de lo que somos. Son nuestros sentidos los que se encienden ante la presencia de los lugares sagrados. Suprimirse un momento es una manera refinada de estar consigo mismo. En el café, lugar sagrado para muchos, no hacemos tiempo, lo dejamos pasar. Hacer tiempo equivale a matar tiempo, mientras que dejarlo pasar es tomar conciencia de cómo transcurre. En los lugares sagrados que podemos permanecer en silencio cultivamos eso que se llama imaginación contemplativa, estado previo de la imaginación creativa. En los lugares sagrados lo que buscamos así es ocultarnos de todos, menos de nosotros mismos. Allí, como señala Giannini, la mundanidad del mundo es puesta en penumbras, suspendida, tropieza así la ruta habitual, transgrediéndose las normas del trabajo, del domicilio y de la vía publica. Conversación y bar son dos formas de sobrellevar el desgano que acompaña a la rutina y a un proyecto parasitario de vida. Son formas de escapar del aburrimiento, el cual en realidad no llega jamás a ser, ya que siempre nos estamos ocupando en algo. Rara vez, señala Giannini, llegamos a conocerle cara a cara.

Eduardo Schele Stoller

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