Calle, conversación y bar

En la calle, nos dice Giannini (1927-2014), no somos más que meros transeúntes. Lo más accesible y común es la calle, lugar de circulación cotidiana. En este juego, un rol importante cumple la rutina (ruta, recurrencia). El lugar que la representa es la habitación, que es donde se cierra el ciclo habitual, donde habitamos. El ciclo empieza en el hogar y termina en el trabajo (domicilio, calle, trabajo, calle, domicilio….) (2013: 31-33). La casa representa así para Giannini el regreso a sí mismo. El yo en el domicilio es el centro de toda perspectiva. El domicilio es el símbolo de la singularidad humana, mientras que la calle lo es de la universalidad y sociabilidad (2013: 35-37).

Rutina viene de ruta, lo que posibilita el transcurso del tiempo cotidiano. La calle comunica el tiempo para sí (casa) con el tiempo para otros (trabajo). Una característica de la calle es su incertidumbre, puesto que en ella podemos extraviarnos, desviarnos. La calle es posibilidad. La calle no es sólo medio, sino que también, debido a sus normas, límite de nuestros proyectos (2013: 40-45). Es la base del tiempo ferial, de días hábiles y laborales, en el que estamos volcados hacia una realidad que no es más que la trama de los trámites del mundo. La mundanidad del mundo se manifiesta como tramitación, mientras que el domicilio representa lo contrario. Es el reencuentro con uno mismo y la suspensión del trámite, es una desmundanización (2013: 65-67).

La vida cotidiana, señala Giannini, es como un círculo: regreso al punto de partida para volver a partir y regresar nuevamente. En este sentido, la cotidianeidad es esencialmente reflexiva. Ahora bien, esta función no es exclusiva del domicilio, la plaza cumple también esta función pero para la comunidad. La plaza es la apertura de la calle: el suspenso de su condición tramitadora, puesto que toma distancia del tránsito y el trámite. El sentido funcional de la calle muere en la plaza. Se abren allí una multiplicidad de direcciones. La plaza es el tiempo reflexivo de la ciudad (2013: 76-82).

Otra forma de interrumpir el tránsito de la calle es el detenerse a conversar, lo cual es visto por Giannini como un acto de desvío, una transgresión al sentido del tránsito y a la condición de transeúntes que asumimos en él. Conversar es un modo de hospitalidad humana, para lo cual deben crearse las condiciones domiciliarias, tiempo libre, espacio aquietado, al margen del trajín de la calle (2013: 99, 101). Lo anterior puede llevarse a cabo, por ejemplo, en otro espacio transgresor: el bar. El bar, sostiene Giannini, pertenece a un espacio y tiempo marginados del mundo y del quehacer. Simula la experiencia religiosa de la confesión mediante la conversación. En él la mundanidad del mundo ha sido puesta en penumbras, suspendida. Un tropiezo a la ruta habitual, una realidad trasgresora, a las normas del trabajo, del domicilio, y de la vía publica. (2013: 107, 109, 111, 112). Conversación y bar son dos formas de sobrellevar el desgano que acompaña a la rutina y a un proyecto parasitario de vida. Son formas de escapar del aburrimiento, el cual en realidad no llega jamás a ser, ya que siempre nos estamos ocupando en algo. Rara vez, señala Giannini, llegamos a conocerle cara a cara (2013: 116, 132-133, 136).

Eduardo Schele Stoller

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s