Bataille: erotismo, exceso y libertad

Para Bataille (1897-1962), el erotismo es una muestra de aprobación por la vida[1]. El erotismo no es totalmente identificable con la actividad sexual, ya que se basa en una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado en la reproducción[2] (1997: 15, 16). Tiene como principio la violencia, la destrucción de la estructura de ser cerrado que es, en su estado normal, cada uno de los participantes del juego erótico. Hay así en el deseo una fascinación fundamental por la muerte. Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas. No obstante, Bataille advierte que la vida discontinua no está condenada, como señalara Sade, a desaparecer, sino que esta es sólo cuestionada, perturbada, alterada. Lo que prevalece en ella es la búsqueda de la continuidad en el ser amado, algo que no está permitido bajo, en términos de Bataille, la aberración de Sade. Para Sade, la vida se basaba en la búsqueda del placer y el placer era proporcional a la destrucción de la vida. Es decir, que la vida alcanzaba su mas alto grado de intensidad en una monstruosa negación de su principio (1997: 22, 23, 25, 186).

Sin embargo, Bataille reconoce que la naturaleza misma es violenta. Hay en ella un impulso que siempre excede los límites. Hay un exceso irresistible en la humanidad que la impulsa a destruir. Un deseo de consumar y arruinar sin utilidad ni subordinación a resultados ulteriores (1997: 44, 191). Esto ha logrado ser reducida en parte por el dominio del trabajo y sus prohibiciones. Las prohibiciones responden a la necesidad de expulsar la violencia fuera del curso habitual de las cosas, que no responde a algo consciente, sino que a estados sensibles como el miedo y el deseo (1997: 45, 46). Todo hombre, sostiene Bataille, dispone de una cantidad limitada de energía. Y si dedica una parte de ella al trabajo le falta para la consumación erótica, la cual se ve así disminuida. La animalidad o exuberancia sexual es en nosotros aquello por lo que no podemos ser reducidos a cosas. Cuanto mas humanizados los hombres mas reducida su exuberancia. Hay entre la conciencia (ligada al trabajo) y la vida sexual una incompatibilidad. Así, afirma Bataille, el hombre ha obtenido conocimiento del mundo pero desconocimiento de sí mismo (1997: 164, 167).

Pero como para Bataille la vida es un exceso, la crueldad y el erotismo se constituyen como transgresiones constantes de lo prohibido. Así, el objeto que deseamos mas ardientemente es el mas susceptible de arrastrarnos hacia gastos frenéticos y arruinarnos. Los hombres buscan las mayores perdidas y peligros (1997: 59, 68, 84, 91). En el trance de la fiebre sexual, contrario al plano social, gastamos nuestras fuerzas sin mesura. Dilapidamos sin provecho recursos. Esto genera, afirma Bataille, felicidad, contrario a la tradición que inculca incrementar y cuidar los recursos. Aquí también juega un rol el otro, ya que, por ejemplo, mediante la solidaridad hacia los demás se le dificulta al hombre ejercer una actitud soberana. Como ya ha señalado Nietzsche, Bataille también considera que el respeto del hombre por el hombre nos introduce en un ciclo de servidumbre. Ante esto, la apatía es el espíritu de negación aplicado al hombre que ha elegido ser soberano. Es causa y principio de la energía. Mediante la fiesta o la plenitud del goce sexual, se produce la transgresión y con ésta se experimenta un sentimiento de libertad (1997: 113, 118, 135, 176, 177).

En este marco, la filosofía juega un rol importante. Ésta es concebida por Bataille en dos sentidos; como trabajo y transgresión. La filosofía, en cuanto labor especializada, es un trabajo. De esta manera, la filosofía es un alejamiento de la vida (1997: 16, 263). Por otro lado, una filosofía transgresora es aquella que sustituye el lenguaje por, como ya relacionaba Wittgenstein con lo místico en el Tractatus, una contemplación silenciosa. Es la contemplación del ser en la cima del ser, en donde en el profundo silencio se revela la unidad del ser. El momento supremo se da en el silencio y en el silencio la conciencia se oculta (1997: 279, 280).

Eduardo Schele Stoller.

[1] De allí de que quien ya no se interese por ésta, pensemos por ejemplo en el deprimido, su deseo sexual se vea también disminuido.

[2] Esto es algo que según Bataille comienza a cementarse ya entre espermatozoide y el óvulo. Ambos se encuentran en el estado elemental de los seres discontinuos, pero que al unirse se establece entre ellos una continuidad que formará un nuevo ser. Y esto a partir a partir de la muerte, a partir de la desaparición de los seres separados. Ahora el nuevo ser también discontinuo, pero porta en sí el pasaje a la continuidad: la fusión, mortal para ambos, de dos seres distintos (1997: 18).

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