El más acá del mal

A la base de nuestras creencias más básicas hay ya una noción sobre el bien y el mal. Esto está implícito en nuestros pensamientos. Lo hemos adquirido a fuerza de costumbre mediante la adquisición del aprendizaje, tanto formal como informal.

Antes de preguntarnos por el origen del mal, cabría considerar que entendemos por éste. Si las nociones al respecto nos vienen desde fuera, a través de la educación institucional o cultural, entonces podemos entender al mal de diversas maneras, puesto que su denotación, aquello que consideremos como bueno o malo, dependerá de los criterios previamente establecidos para aquello. Como he dicho, esta es una labor social. No obstante, otros pueden suponer que el mal es algo con lo que se nace, algo así como una propiedad inherente a nuestra naturaleza. Si atendemos a la noción de contrato social, ésta es precisamente la concepción que se tiene ante el ser humano antes de ser parte de la comunidad. El contrato mismo se constituye como una renuncia a nuestros derechos naturales, en particular, a la libertar de desear y de satisfacer nuestros deseos. Bajo un estado de naturaleza, nos es imposible hacer comunidad, puesto que los intereses se centran netamente en el yo. La sociedad, por otro lado, nos invita a centrarnos en el otro, asegurándonos mediante esto la seguridad y la estabilidad para el desarrollo de actividades más complejas que las meras satisfacciones producto de la supervivencia. De hecho, es allí, en sociedad, en donde se nos impone la moral, y es en tal instante cuando conocemos que nuestros actos pueden ser clasificables como buenos o malos, como egoístas o bondadosos. Antes de esto, en la niñez y en la antigüedad, nuestros actos son medidos solo por sus consecuencias, es decir, carecen de valoraciones positivas o negativas.

La moral es antinatural, lo cual no quiere decir que no sea necesaria. Lo es, de hecho, es ella la que mantiene a raya nuestros instintos, los que, en sí mismos, no son ni buenos ni malos. De esta forma, la maldad no puede venir de la naturaleza, ya que esta carece de valoración. La naturaleza es valorativamente neutra. Los que valoramos somos nosotros, y en particular, lo moral que hay en nosotros. La moral es así una construcción social que nos facilita la convivencia. Así, si bien el mal es una ficción, es una que nos permite vivir civilizadamente, pero que no está más allá de nosotros mismos.

 

Eduardo Schele Stoller

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