Deseo de verdad: una interpretación de Rayo de luna

Suele interpretarse esta reconocida obra del poeta español Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870) como una oda al amor o a lo intangible de lo que hay en él. De allí que lo que haré aquí sea algo osado; una lectura epistemológica de Rayo de luna, la cual mostrará la desazón propia de nuestro tiempo ante el conocimiento y la verdad.

Toda desazón comienza con una esperanza, de lo contrario no habría ante que defraudarnos. Llamémosle esperanza de una verdad, de un conocimiento certero, que nos emprende en una búsqueda determinada, así tal como lo haríamos ante la mujer amada. Esta esperanza a su vez puede surgir de otra desazón, en este caso, Manrique, personaje principal del relato de Becquer, era un ser solitario que gustaba de estar en cualquier parte, menos en el mundo cotidiano. De allí el regocijo ante las elucubraciones de la mente, del mundo ficticio creado por la imaginación. Manrique, a sus maneras, prefería soñar el amor a sentirlo. En misma posición suele encontrarse quien busca la verdad, al preferir teorizar el mundo antes que vivirlo.

Así como Manrique ensoñó una mujer para luego ir tras su búsqueda, así también el hombre imagina una verdad que perseguir. Este acto no es fingido, un desgasto tal no se emprendería a no ser de tener la seguridad como para hacerlo. No obstante, no deja de haber en esto un sesgo de fe.

Tanto la mujer como la verdad huyen. Desaparecen pero parecen dejar rastros, o al menos eso es lo que creemos. El cansancio y el tiempo de la búsqueda poco importan en comparación con la idea, con la esperanza, de poseerla.

Horrible es pues cuando se descubre el engaño y peor aun cuando se constata que fue propio. Cuando la mujer se vuelve en un mero rayo de luna, cuando la verdad se vuelve en un mero rayo de nuestros deseos.  De allí que Manrique en el éxtasis de su desazón exclame:

Mujeres…, glorias…, felicidad…, mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna.

Con su desazón llevada al extremo, Manrique fue tildado de loco. No obstante, y en esto coincido plenamente con Becquer; Manrique de hecho recuperó el juicio. Afortunadamente, al parecer, progresivamente también lo hacemos nosotros.

Eduardo Schele Stoller

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