La extensión de la duda

Hemos visto como Descartes fundó los cimientos de su epistemología en Dios (vease: Dios y certeza), en vista de obtener la certeza para el descubrimiento de verdades y limitar la duda finalmente al conocimiento derivado de los sentidos y al mal uso de la voluntad. Teniendo estos cuidados, la razón no podía equivocarse. Dios se constituye así como un pilar fundamental. No obstante, ¿qué podemos esperar de esta argumentación desde nuestras actuales concepciones de mundo? Con esto, me refiero al progresivo derribamiento de la idea de Dios como fundante y garante del conocimiento. Hago hincapié en la tesis de que esto se aplique solo al conocimiento, ya que, en efecto, la idea Dios aún tiene, aunque también algo mermado, cierta vigencia sobre la moral de los individuos. De esta forma, mi hipótesis se aplica solo al conocimiento institucionalizado (científico, histórico, político, filosófico, ético, etc.).

Ya a mediados del siglo XIX comienzan a aparecer enfoques naturalistas para la explicación de los fenómenos. Quizás la teoría paradigmática que marca este cambio fue la de la evolución de Darwin. Aludiendo a la lucha por la sobrevivencia, en base a la sobrepoblación y escases de recursos, se postula a la selección natural de caracteres, los cuales surgen por azar, como el mecanismo que da origen a la diversidad de las especies. Bajo esta teoría, la hipótesis de Dios es innecesaria, puesto que el proceso evolutivo no requiere de un ente inteligente que diseñe o dirija el devenir de los organismos. Con esto, Darwin daba uno de los primeros golpes a la supremacía de la razón y estatus humano como un ser superior, ya que no estaría tan alejado como se creía de los demás animales. Se descartaba la idea de un origen divino, de una creación a imagen y semejanza de Dios. Se critica así la argumentación de que deba haber tanta realidad en la causa como en el efecto, ya que, según la evolución, la complejidad actual del ser humano, proviene desde algo más simple. En estricto rigor, la idea de que lo complejo puede provenir de lo no complejo es la que permite la evolución.

Este panorama llevo a autores como Nietzsche a anunciar la muerte de Dios, esto es, como hipótesis fundante del conocimiento. Con esto, el edificio cartesiano se venía al suelo, puesto que se le golpeaba en sus cimientos, en el supuesto en el que se construía la certeza y se limitaba la duda. Una vez desechado Dios, la duda, la cual estaba circunscrita solo a lo sensible y a la voluntad, se extiende a todos los ámbitos del conocimiento. El racionalismo es seriamente cuestionado. Ejemplos de esto son teorías surgidas a finales del siglo XIX. El psicoanálisis aludía al inconsciente como el verdadero determinante de nuestra conducta, convirtiéndonos así en seres más irracionales de lo que se creía. El marxismo por su parte describía como nuestras creencias y comportamientos eran condicionados por las formas de producción. En este sentido, nuestra voluntad no es tan libre de extenderse por sobre el entendimiento como creía Descartes. De hecho, pareciera que el concepto mismo de voluntad es cuestionado y reemplazado por la sociedad, los instintos, los genes, la economía, etc. No es así el individuo mismo el que se equivoca, sino que el engaño ahora procede desde fuera.

 

Eduardo Schele Stoller

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