Budismo: una ética basada en el otro

El actual Dalai Lama (Tenzin Gyatso), alude a la existencia de un deseo humano universal: alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Este último muchas veces se asienta en la riqueza material, la cual se limita a satisfacer nuestros sentidos. No obstante,  nuestras necesidades van mucho más allá de estos. En este sentido, el budismo es, al igual que ciertas éticas griegas antiguas, una ética de renuncia y crítica de la urbanización masiva, por contribuir a una falta de armonía espiritual (2000:14, 17, 23, 27).

Según el budismo la ética tiene que partir por una disposición anímica del individuo. Ésta supone una actitud de espiritualidad, que contemple actitudes como el amor, la compasión y el bienestar de los demás. Debemos dominar nuestros impulsos y deseos perjudiciales, adquiriendo una disposición anímica integra (kun long), mediante una práctica espiritual constante con la cual podamos desarrollar la capacidad de la paz interior (2000: 36, 41-42). Como no siempre podemos transformar nuestra situación externa de modo que se nos adapte mejor, podemos en vez cambiar nuestra actitud, evitando las emociones aflictivas, las cuales dificultan y enceguecen nuestros juicios. Debemos adoptar así una actitud más desapasionada, racional, para hacer frente al sufrimiento, siendo capaces de cultivar la tolerancia, la paciencia, en vista de ser imperturbables. Como en Aristóteles, el budismo busca establecer una ética basada en la virtud, evitando los extremos (2000: 67, 101, 109, 111, 144, 121).

Los objetivos aquí citados son similares a los puestos en práctica por ciertas escuelas éticas griegas, las cuales podríamos reunir bajo el concepto de ataraxia, entendida como la ausencia de perturbaciones, es decir, también como la obtención de una cierta tranquilidad espiritual. No obstante, en las éticas griegas hay un cierto grado de individualismo, puesto que el interés está centrado en que la persona y para que mediante sí misma alcance un estado espiritual y racional superior. En esto difiere el budismo, ya que este sugiere que todas las cosas y acontecimientos surgen en función de una compleja red de causas y condiciones interrelacionadas. No hay nada que pueda alcanzar la existencia por sí solo. Hay entonces una dependencia mutua entre las partes y el todo (2000: 46). Esta concepción de la causalidad trae consecuencias importantes para su ética, ya que si creemos que hay una interdependencia entre el yo y los otros, mi felicidad dependerá de la felicidad de los demás. Así, el interés del otro es también mi interés. Es por esto que, a diferencia de las éticas antiguas, la budista no se preocupa solo del yo, sino que también del bienestar de los demás. En este sentido, el yo se construye a través de una compleja red de fenómenos interrelacionados (2000: 50, 51, 56). Por tanto, es un error hacer una distinción taxativa entre el yo y los demás. De aquí la diferencia que hace el budismo entre un acto ético y otro espiritual. Mientras que el primero solo se abstiene de dañar, el acto espiritual busca contribuir positivamente a la felicidad de los otros (2000: 70).

En este contexto, cobra importancia la noción de Karma (acción). Este concepto denota una fuerza activa de la cual se infiere que el resultado de los acontecimientos futuros está influido por nuestros actos. Producto de la noción budista de la causalidad, se considera que el karma lo creamos nosotros mismos, mediante lo que pensamos, decimos, hacemos, deseamos y omitimos. Y esto, porque en todo lo que hacemos existe tanto una causa como un efecto.

Para el budismo, al igual que para la ética griega antigua, no es imprescindible tener a la base la fe religiosa para llegar a una conducta ética y a la felicidad. Esto, porque la religión tendría tan solo un fin pragmático; servir de medicina para el espíritu. Como tal, sin pacientes carece de sentido. Aun es más, es a través de los pacientes que se mide la eficacia y, en consecuencia, se valora cada religión. La valoración será relativa. El que ya no valga positivamente para uno no quiere decir que no sirva para el otro (2000: 227, 237). En este sentido, el budismo no reniega de la religión, no obstante, la reduce a un fin utilitario, a saber, ser el medio para alcanzar los fines espirituales ya citados. Cada individuo decidirá qué camino seguir. De esta forma, el budismo nos da una cátedra de tolerancia y respeto. Quizás aquí podemos encontrar un sustento para una ética contemporánea.

 

Eduardo Schele Stoller

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