La embriaguez de la razón

El tema que convoca nuestro primer café filosófico es el del posmodernismo[1]. Quizás hay pocos temas tan manoseados en el pensamiento contemporáneo como éste. Algo peculiar hay en esto, ya que, por ejemplo, los pensadores en el Medioevo no se referían a sí mismos como “medievales”. Usualmente estas categorías requieren del paso del tiempo, esto es, de una mirada retrospectiva. ¿Con que autoridad, pues, el posmoderno se autodenomina como tal? Este es ya un antecedente de su condición, la de no responder a las clásicas categorías espacio-temporales del pensamiento.

Este amplio movimiento tiene implícitamente una causa epistemológica. En particular, surge de la renuncia a la noción correspondentista de la verdad, es decir, de la idea que nuestras representaciones se corresponden o reflejan fidedignamente la realidad. El principal medio para lograr esto siempre fue, desde los griegos hasta la modernidad, la razón. A excepción de quienes considero los primeros posmodernos o más bien anti-racionalistas, los sofistas. No obstante, sus doctrinas no se oficializaron por parte de la tradición filosófica, siendo más bien denostadas y marginadas por la misma. Los sofistas vieron a la razón como un mero instrumento para conseguir fines prácticos, tales como el buen desenvolvimiento político en la cuidad, en vista de lo cual enseñaban habilidades retóricas para su buen manejo. Esta renuncia a la verdad objetiva, a la búsqueda de los primeros principios, solo se compara a  lo sucedido en la actualidad. De allí lo extraño y marginal de tal enfoque para la época.

Los modernos siguieron en buena medida el ideal platónico y aristotélico del uso de la razón, ya sea en base a sí misma (Platón) o en la experiencia (Aristóteles), para llegar a las verdades, principios, causas o leyes últimas de la realidad. Descartes y Bacon plasmaron tal espíritu en la modernidad, periodo que estuvo marcado por la vuelta hacia el “yo”. Antes de preguntarnos sobre la realidad o las ideas que tenemos de ésta, se creyó que era necesario primero cuestionarse sobre el ser que pregunta, sobre el ser humano. Aquí se sostuvo que era el sujeto el que determinaba a los objetos, mediante una serie de categorías a prioris de nuestro pensamiento (Kant). De tal cuestionamiento hubo más pérdidas que ganancias, puesto que una serie de concepciones que se daban por supuestas verdades se desvanecieron, por ejemplo, dando cuenta de la precariedad de nuestras inferencias cognitivas, lo que nos imposibilitaba relacionar a su vez causalmente y de forma necesaria los fenómenos (problema de la inducción; Hume). El escepticismo se abrió de maneras insospechadas, llegando a dudar incluso de la existencia de las entidades que nos rodean (solipsismo; Berkeley). Algunos intentaron hacer frente al debilitamiento de nuestros cimientos cognoscitivos tratando de reemplazarlos o de buscarlos (Descartes). No obstante, la empresa nunca llegó a buen puerto. El subjetivismo se había instalado para quedarse.

Pensadores más contemporáneos recibieron esta debacle, aludiendo al carácter interpretativo de nuestra naturaleza, negando la posibilidad de un conocimiento certero de los hechos (Nietzsche), en buena parte porque el conocimiento se basaba siempre en nuestros deseos e intereses (James), en nuestros instintos o inconsciente (Freud) o en una estructura económica particular (Marx). En suma, la verdad objetiva se esfumaba. Bajo esta lógica, el conocimiento académico ya no tenía sentido. Ya no había una estructura necesaria por la cual guiarnos. Se aludió al carácter creativo, libre del ser humano y a la adecuación temporal, contingente, de nuestras verdades (pragmatismo).

La tan anhelada unificación platónica del conocimiento se invierte, ramificándose en innumerables vertientes de conocimiento, carentes de un tronco común. Todo se relativiza. Ya no hay una concepción progresiva de la historia, un destino común de la humanidad. El hombre renuncia a los grandes relatos metafísicos, ya sean filosóficos, políticos, históricos o económicos (Lyotard). Atendiendo a las valoraciones, ahora la ciencia no tiene por qué estar por sobre otros tipos de conocimientos (Feyerabend). Ya no hay valores absolutos, reglas, normas esenciales por las cuales regirnos (Wittgenstein, Kuhn). En lo práctico esto nos llevo a la proliferación de subculturas y de concepciones artísticas (dadaísmo, surrealismo). Todo está permitido. Hasta cuándo durará este mareo intelectual es difícil precisarlo. Lo que sí tenemos claro es que la resaca será tremenda.

Eduardo Schele Stoller.


[1] Texto presentado en el I Café Filosófico del Liceo José Cortés Brown Recreo, Viña del Mar.

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