La embriaguez de la razón

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El tema que convoca nuestro primer café filosófico es el del posmodernismo[1]. Quizás hay pocos temas tan manoseados en el pensamiento contemporáneo como éste. Algo peculiar hay en esto, ya que, por ejemplo, los pensadores en el Medioevo no se referían a sí mismos como “medievales”. Usualmente estas categorías requieren del paso del tiempo, esto es, de una mirada retrospectiva. ¿Con que autoridad, pues, el posmoderno se autodenomina como tal? Este es ya un antecedente de su condición, la de no responder a las clásicas categorías espacio-temporales del pensamiento.

Este amplio movimiento tiene implícitamente una causa epistemológica. En particular, surge de la renuncia a la noción correspondentista de la verdad, es decir, de la idea que nuestras representaciones se corresponden o reflejan fidedignamente la realidad por medio de la razón. Este ideal ya estaba presente tanto en las teorías de Platón y Aristóteles, mediante las cuales pretendían llegar, según distintos medios,  a las verdades, principios, causas o leyes últimas de la realidad. Descartes y Bacon, por nombrar algunos, plasmaron tal espíritu en la modernidad, periodo centrado ahora más en el “yo”. Antes de preguntarnos sobre la realidad o las ideas que tenemos de ésta, se creyó que era necesario primero cuestionarse sobre el ser que pregunta. Aquí se llego a sostener, por ejemplo en Kant, que era el sujeto el que determinaba a los objetos, mediante una serie de categorías a prioris de nuestro pensamiento. Estas limitaciones impuestas a la razón puso en evidencia la precariedad de nuestras inferencias cognitivas, lo que nos imposibilitaba ahora relacionar causalmente y de forma necesaria los fenómenos, tal como expuso Hume con el problema de la inducción. El escepticismo se abrió de maneras insospechadas, dando pie incluso para dudar de la existencia de las entidades que nos rodean.

Pensadores más contemporáneos recibieron esta debacle, aludiendo al carácter interpretativo de nuestra naturaleza, negando la posibilidad de un conocimiento certero de los hechos (Nietzsche), en buena parte porque el conocimiento se basaba siempre en nuestros deseos e intereses (James), en nuestros instintos o inconsciente (Freud) o en una estructura económica particular (Marx). En suma, la verdad objetiva se esfumaba. Bajo esta lógica, el conocimiento académico ya no tenía sentido. Ya no había una estructura necesaria por la cual guiarnos. Se aludió al carácter creativo, libre del ser humano y a la adecuación temporal, contingente, de nuestras verdades (pragmatismo).

La tan anhelada unificación platónica del conocimiento se invierte, ramificándose en innumerables vertientes de conocimiento, carentes de un tronco común. Ya no hay una concepción progresiva de la historia, un destino común de la humanidad. El hombre renuncia a los grandes relatos metafísicos, ya sean filosóficos, políticos, históricos o económicos (Lyotard). Atendiendo a las valoraciones, ahora la ciencia no tiene por qué estar por sobre otros tipos de conocimientos (Feyerabend). Ya no hay valores absolutos, reglas, normas esenciales por las cuales regirnos (Wittgenstein, Kuhn). En lo práctico esto nos llevo a la proliferación de subculturas y de concepciones artísticas (dadaísmo, surrealismo). Todo está permitido. Hasta cuándo durará este mareo intelectual es difícil precisarlo. Lo que sí tenemos claro es que la resaca será tremenda.

Eduardo Schele Stoller.

 


[1] Texto presentado en el I Café Filosófico del Liceo José Cortés Brown Recreo, Viña del Mar.

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