Una noción de “tecnología”

Antes de centrarnos netamente en la tecnología, creo necesario primero distinguir a ésta de la técnica, con el objetivo de evitar confusiones a futuro[1]. Mario Bunge en “Tecnología, ciencia y filosofía” (1963) caracteriza a la técnica como un conjunto coherente de prácticas o reglas de procedimiento conducentes a un fin predeterminado. Toda técnica es un medio para la obtención de fines previamente establecidos (Bunge, 1963: 65-67). Ahora bien, Bunge señala que las técnicas prácticas pueden ser infundadas (sistemas de reglas empíricas) o fundadas (reglas justificadas por una disciplina científica). Son estas últimas las que Bunge identifica con la tecnología, la cual define como todo sistema de técnicas practicas fundadas científicamente, distinguiéndola así de la técnica precientífica. El tecnólogo aplica el método científico a problemas de interés práctico. Así, señala Bunge, la tecnología no puede venir sin ciencia (saber teórico fundado), ya que es ciencia aplicada a finalidades prácticas[2]. No obstante, advierte, las tecnologías pueden aportar a las ciencias experimentales no sólo cosas sino también ideas (Bunge, 1963: 69 y 71). Sin embargo, este hecho no se constituye como la finalidad de la tecnología, puesto que ésta orienta sus esfuerzos a finalidades prácticas y a fundamentar reglas eficaces para la acción (enunciados nomopragmáticos), para lo cual utiliza el conocimiento científico, es decir, la ciencia le sirve como medio. La ciencia, como señalábamos, también utiliza a la tecnología como medio, pero, afirma Bunge, para la investigación desinteresada, para alcanzar la verdad. De esta forma, el saber mejora la posibilidad del correcto hacer, y el hacer puede conducir a saber más (Bunge, 1963: 72-74, 81 y 84).

Otra característica importante de la tecnología es una que inicialmente se atribuyó solamente a la ciencia. Me refiero a la ambigüedad proceso-producto explicitada por  Richard Rudner en Filosofía de la Ciencia Social (1980), en donde asignó esta ambigüedad a la ciencia. Para Rudner el “proceso” refiere a las actividades que realizan los científicos, tales como experimentar, observar, razonar y leer (fenómenos extralingüísticos). Por otro lado, el “producto” refiere a los resultados de tal actividad, a saber, enunciados que buscan descubrir aspectos del universo (sólo entidades lingüísticas) (Rudner, 1980: 24-25). Así como Rudner consideró importante distinguir entre la ciencia como proceso y la ciencia como producto,  considero también importante establecer la distinción para el fenómeno tecnológico. Esto significa no sólo atender a los productos tecnológicos, sino que también a la etapa de producción de los mismos.

La compleja fase de producción, en donde también se realiza investigación conducente a conocimientos de carácter representacional explícito[3], la podemos homologar a lo que Miguel Ángel Quintanilla denomina como “subsistema intencional” de un sistema técnico. Quintanilla sostiene que en todo sistema técnico complejo encontramos “acciones no intencionales” entre los componentes materiales del sistema o entre agentes intencionales y componentes materiales, lo cual denomina como “subsistema material” (materias primas, componentes mecánicos, energía, agentes, herramientas, etc.). También podemos encontrar en un sistema técnico “acciones intencionales” de agentes intencionales sobre los componentes materiales, lo que Quintanilla denomina como “subsistema intencional” (Quintanilla, 2005: 93-94). A su vez, el subsistema intencional puede dividirse en un “subsistema de ejecución” y en un “subsistema de organización”, gestión o control del sistema. El subsistema de ejecución lo constituye las acciones dadas por el subconjunto de componentes y agentes en búsqueda de alcanzar el resultado de la modificación de los componentes. Éste se erige como el subsistema laboral de un sistema técnico. Por otro lado, el subsistema de gestión estaría formado por las acciones intencionales cuyo objetivo es organizar el sistema técnico en su conjunto, incluyendo a los agentes intencionales que plantean los objetivos globales del sistema (de control de la realidad), dando, además, las instrucciones para que el subsistema de ejecución alcance tales objetivos, los cuales se van logrando de forma cada vez más eficiente (progreso tecnológico) (Quintanilla, 2005: 95-96 y 132). Esta división que destaca Quintanilla entre un ámbito de ejecución y un ámbito de gestión, es un aspecto característico de la tecnología, pues es propia de ésta la división del trabajo manual y del directivo a partir de la revolución industrial, al contrario de las técnicas primitivas, en donde, señala Quintanilla, la gestión del sistema era llevada a cabo por los mismos operadores manuales (Quintanilla, 2005: 96-97).

En vista de estas consideraciones, podemos definir a la tecnología como un complejo proceso de acciones intencionales (en donde se puede identificar un subsistema de gestión, que plantea los objetivos, y un subsistema de ejecución, que los lleva a cabo), basado tanto en conocimientos científicos como propios, conducente al objetivo primordial de obtener resultados de control cada vez más eficientes de la realidad.

Eduardo Schele Stoller


[1] Nos encontraremos con tal confusión cuando lleguemos a las reflexiones de Robert Heilbroner y Lewis Mumford en torno al determinismo tecnológico, en donde no hay distinción entre técnica y tecnología. No obstante, en el contexto de sus postulados, la no distinción de los conceptos no parece afectar el entendimiento de las tesis principales de cada autor.

[2] Detrás de esta subordinación de la tecnología a la ciencia se encuentra, sostiene Arancibia, el fundamento del “contrato social para ciencia” establecido al final de la segunda guerra mundial. Según éste, la generación de conocimiento científico básico posibilita crear tecnologías y aumentar la producción, lo cual finalmente conlleva al bienestar social. Esta valoración se puede encontrar, por ejemplo, en el informe del Proyecto Manhattan elaborado por Vannevar Bush, en donde se requería financiamiento del Estado para la investigación científica, en vista de lograr el desarrollo tecnológico y social (Cf. Arancibia, 2004: 18 y 2007).

[3] Este hecho ha sido resaltado por el profesor Marcelo Arancibia (Cf. Arancibia, 2004, 2006 y 2007). Según este enfoque, tanto en la ciencia como en la tecnología hay investigaciones, las cuales se diferencias principalmente por sus objetivos. Mientras las investigaciones de la ciencia van dirigidas a la obtención de conocimientos que permitan la descripción y explicación de determinados fenómenos, las investigaciones tecnológicas apuntan a un conocimiento condicionado finalmente por un objetivo práctico (Cf. Arancibia, 2004: 5). A raíz de lo anterior, podemos señalar que la caracterización que realiza Bunge de la tecnología como técnica práctica fundada por la ciencia, no describe completamente al fenómeno tecnológico. La tecnología, también sería capaz de, en términos de Bunge, fundarse a sí misma. De esta forma, el tecnólogo no sólo aplica el conocimiento científico a problemas de interés práctico, sino que también aplica a tales intereses los conocimientos generados en su propia fase de investigación. De ser así y de acuerdo con Arancibia, la tecnología, al contrario de lo que creía Bunge, si puede venir sin ciencia, puesto que no es sólo ciencia aplicada.

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