Moral: ¿querer o deber?

En su Investigación sobre los principios de la moral (1751), Hume expone una fundamentación “objetiva” de la moral, al afirmar la realidad de las distinciones dadas en este plano. No adhiere a un relativismo, posiblemente derivado de la diversidad de la experiencias individuales, sino que, como veremos, defiende que hay un aspecto en el ser humano, transversal a todos los individuos, que da pie para defender unos valores por sobre otros (1981: 27).

Hume critica la opción de una moral asentada en la razón, ya que la imposición de un deber no puede basarse en algo tan débil como las especulaciones del entendimiento, desestimando el comportamiento y la conducta real de los individuos. Hume considera que la moral es un estudio sobre la práctica humana y, como tal, debe contemplar necesariamente nuestros sentimientos, ya que son estos los que regulan nuestras vidas y acciones. En este sentido, afirma, debemos rechazar todo sistema de ética que no se funde en los hechos de la experiencia humana (1981: 28-33).

Basándose en el sentimiento, Hume valorará positivamente a todo acto que favorezca a la especie humana. En este punto, a mi entender, Hume da cuenta del aspecto más polémico de su teoría moral, el cual consiste fundamentalmente en considerar que todos las conductas o comportamientos humanos que son valorados positivamente por la mayoría de los mismos, son de hecho beneficiosos para la especie. Este beneficio se traduce en utilidad, es decir, sería absurdo que se mantuviera como un valor positivo aquello que nos perjudique como comunidad. En este sentido, Hume creyó en una especie de sabiduría innata en los hombres para dirimir entre lo bueno y lo malo, no como individuos, sino como comunidad. Con estas afirmaciones, Hume naturaliza a la moral, no imponiéndole imperativos, ya que ésta ya está totalmente formada y operando, asentada en nuestros sentimientos (passions). De esta forma, la labor de Hume hacia la moral es más bien meramente descriptiva.

Hume presenta así una fundamentación naturalista de la moral, según la cual prácticas como la castidad deberían respetarse, puesto que es útil para la subsitencia de los hijos. La misma lógica se aplica al más severo castigo que sufre la infedilidad femenina por sobre la masculina, como así también del incesto. Toda virtud social dependerá de su utilidad, de lo cual se desprende a su vez la aprobación y agrado que nos pueda generar (1981: 60-71, 81). Todo aquello que sea censurable moralmente, será debido a que nos es dañino como especie, y lo que nos resulte valioso y agradable, tanto para uno como para los demás, es porque genera reales beneficios a la humanidad. La moral está justificada en base al sentimiento común de todos. Por tanto, es necesario que se manifieste un sentimiento a fin de dar preferencia a las tendencias útiles frente a las perniciosas. Tal sentimiento está estrechamente relacionado, afirma Hume, con la búsqueda de la felicidad de la humanidad y por el repudio de su miseria. En suma, la moralidad está determinada por el sentimiento, estando así la virtud definida como cualquier acción moral que genere el agradable sentimiento de aprobación, el cual debe ser deseable por sí mismo, esto es, por la inmediata satisfacción que produce (1981: 135-139, 154, 157, 162).

 

Bajo esta lógica, la benevolencia y la justicia son usualmente consideradas como virtudes, porque tales formas de actuar nos son útiles como especie y contribuyen a nuestra felicidad. La causa de que tales actitudes existan depende precisamente de que su uso nos es necesario para las relaciones sociales, es decir, para salvaguardar el orden, la seguridad y, en consecuencia, la felicidad. Así, el fin de las leyes y reglamentaciones es el bien de la humanidad (1981: 41-46, 53).

Ahora bien, Hume era consciente de que el ser humano no respondería necesariamente al comportamiento adecuado para los fines de la especie, ya que la virtud está sujeta a las circunstancias, es decir, dependerá de la abundancia, escasez o necesidad que influya al individuo (1981: 47). Esta aclaración, sin embargo, no hace que ciertas virtudes pierdan su valor positivo, sino que mas bien explica los posibles descarrilamientos morales, los cuales bajo ciertas circunstancias, se salen de la correcta senda del comportamiento natural humano. Esto significa que Hume se niega a aceptar un relativismo moral a la hora de considerar a las circunstancias, ya que de éstas no dependerán las valoración de las virtudes, sino que de nuestra misma naturaleza. Para reconocerlas, debemos buscar aquellas reglas más útiles y benéficas. Según Hume, para esto no necesitamos de un gran análisis, ya que basta con un sentido vulgar y una débil experiencia para reconocerlas. La regla o ley suprema es aquella que pretende salvaguardar la seguridad del pueblo. Ésta, no obstante, se manifestará de diversas formas, dependiendo de cada cultura en su búsqueda de beneficio y felicidad (1981: 55, 57).

Hume hace hincapié, por tanto, en la determinación natural de ciertos valores positivos, por ejemplo, en el de la seguridad social, el cual solo variará en la forma de su manifestación, coincidiendo así con las argumentaciones universalistas dadas comúnmente por el racionalismo, a la hora de dar cuenta de los principios morales, puesto que defiende que ciertas virtudes, tal como sucede con la justicia, son de carácter universal, lo que se demuestra al constatarse el que se haya formado como hábito en todas las sociedades. Pero si la moral es algo innato ¿por qué nos vemos en la necesidad de inculcarla? ¿qué necesidad hay, entonces, de la amenaza del castigo? Si la moral está dada por naturaleza, deberíamos comportarnos conforme al bien y la virtud asignada por la misma. Al no ocurrir esto, se nos abren dos opciones: o no es efectivo que nazcamos con una disposición moral en nuestras conductas o la moral con la que nacemos es cruel y egoísta. En cualquier caso, se presentan serias dificultades para un enfoque moral que se sustenta en el querer, pues gran parte de lo que deseamos, no podemos o debemos, socialmente hablando, concretarlo.

Eduardo Schele Stoller

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