La moral según Hume/ Eduardo Schele

En su Investigación sobre los principios de la moral (1751), David Hume expone una fundamentación no relativista de la moral, pues sostiene que hay un aspecto en el ser humano, transversal a todos los individuos, que da pie para defender unos valores por sobre otros.

Hume critica la opción de una moral asentada en la razón, ya que la imposición de un deber no puede basarse en algo tan débil como las especulaciones del entendimiento, desestimando el comportamiento y la conducta real de los individuos. El autor considera que la moral es un estudio sobre la práctica humana y, como tal, debe contemplar necesariamente nuestros sentimientos, ya que son estos los que regulan nuestras vidas y acciones. En este sentido, debemos rechazar todo sistema de ética que no se funde en los hechos de la experiencia humana.

Basándose en el sentimiento, Hume considera que todos las conductas o comportamientos humanos que son valorados positivamente por la mayoría de las personas son beneficiosas para la especie. Este beneficio se traduce en utilidad, es decir, sería absurdo que se mantuviera como un valor positivo aquello que nos perjudique como comunidad. En este sentido, Hume creyó en una especie de sabiduría innata en los seres humanos para dirimir entre lo bueno y lo malo, no como individuos, sino como comunidad. Con estas afirmaciones, el autor naturaliza a la moral, no siendo necesario imponerle imperativos, pues ya estaría totalmente formada en base a nuestros sentimientos (passions). De esta forma, la labor de Hume hacia la moral es más bien meramente descriptiva.

Toda virtud social dependerá de su utilidad, de lo que se desprende a su vez la aprobación y agrado que nos pueda generar. Aquello que sea censurable moralmente, será debido a que nos es dañino como especie, y lo que nos resulte valioso y agradable es porque genera reales beneficios a la humanidad. Si la moral queda justificada en base a la aprobación común, es necesario que se manifieste un sentimiento a fin de dar preferencia a las tendencias útiles frente a las perniciosas. Tal sentimiento está estrechamente relacionado, afirma Hume, con la búsqueda de la felicidad de la humanidad y por el repudio de su miseria.

En suma, la moralidad está determinada por el sentimiento, estando así la virtud definida como cualquier acción moral que genere el agradable sentimiento de aprobación, el cual debe ser deseable por sí mismo, esto es, por la inmediata satisfacción que produce. Bajo esta lógica, la benevolencia y la justicia son usualmente consideradas como virtudes, porque tales formas de actuar nos son útiles como especie y contribuyen a nuestra felicidad. La causa de que tales actitudes existan depende precisamente de que su uso nos es necesario para las relaciones sociales, es decir, para salvaguardar el orden, la seguridad y, en consecuencia, la felicidad. Así, el fin de las leyes y reglamentaciones es el bien de la humanidad.

Ahora bien, Hume era consciente de que el ser humano no respondería necesariamente al comportamiento adecuado para los fines de la especie, ya que la virtud está sujeta a las circunstancias, es decir, dependerá de la abundancia, escasez o necesidad que influya al individuo. Esta aclaración, sin embargo, no hace que ciertas virtudes pierdan su valor positivo, sino que mas bien explica los posibles descarrilamientos morales, los que, bajo ciertas circunstancias, se salen de la correcta senda del comportamiento natural humano.

Hume niega el relativismo moral a la hora de considerar a las circunstancias, ya que de estas no dependerán las valoración de las virtudes, sino que de nuestra misma naturaleza. Para reconocerlas, debemos buscar aquellas reglas más útiles y benéficas. Según Hume, para esto no necesitamos de un gran análisis, ya que basta con un sentido vulgar y una débil experiencia para reconocerlas. La regla o ley suprema es aquella que pretende salvaguardar la seguridad del pueblo. Esta, no obstante, se manifestará de diversas formas, dependiendo de cada cultura en su búsqueda de beneficio y felicidad.

Eduardo Schele Stoller.

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