Ética evolucionista

En el marco de la ética, podemos identificar dos enfoques evolucionistas: uno especista y otra individualista. Por el lado del especismo tenemos a Darwin, quien era partidiario de que ciertos comportamientos nos benefician como especie. Uno de estos, quizás el más importante, es el altruismo, el cual se asocia a las conductas que van en beneficio de los demás a expensas del bienestar propio. Según Darwin éste era un fenómeno que usualmente podemos observar entre los animales en la naturaleza (1880: 60, 81). Esta convicción ya estaba presente en Hume, quien afirma que debemos renunciar a la teoría que deriva todo principio moral del amor a sí mismo, pues sostiene que ningún hombre es completamente indiferente por los intereses de sus semejantes, al punto de no llegar a percibir distinciones morales entre lo bueno y lo malo. Por el contrario, cree que siempre estamos inclinados, por natural filantropía, a contribuir a la felicidad de la sociedad y, en consecuencia, a la virtud. Debemos concluir a priori, sostiene Hume, que es imposible que una criatura como el hombre sea totalmente indiferente al bienestar o al malestar de sus semejantes (1945: 83, 90-94).

Por otra parte, el enfoque individualista critica al anterior, ya que se sostiene que el altruismo no se condice con el principio de selección natural, el cual promueve más bien el interés personal. Bajo esta lógica, el principio moral que reina es el egoísmo, el cual también se cree que podemos observar su manifestación constantemente en la naturaleza. Clásicamente esta teoría la podemos encontrar en los autores de contrato social, por ejemplo, en Hobbes, quien relata la lucha de todos contra todos en un estado de naturaleza. Contemporáneamente, esta teoría ha sido reformulada bajo la óptica evolutiva por el científico británico Richard Dawkins en su libro El gen egoísta, en donde concibió al gen como la unidad de selección natural y al ser humano como una mero vehículo de replicación para los mismos (1996: 7, 10, 13, 16, 20).

Si nos basamos en la selección natural, debemos admitir que no tenemos ninguna injerencia consciente sobre los valores que nos gobiernan, ya que estos pocederían azarosamente desde su origen, siendo preservados por su utilidad para nuestra sobreviviencia. No obstante, bajo esta idea, podemos fundamentar tanto el altruismo como el egoísmo, ya que, ciertamente, ambos son útiles para adaptarnos al ambiente. Si soy solidario es porque, generalmente, espero una reciprocidad en tal conducta hacia mi persona o, en el peor de los casos, aceptación o estimación de la comunidad. Todo lo cual contribuye a mi adaptación a la misma. Pero si soy egoísta, también puedo contribuir a mi adaptación, sobre todo en condiciones más adversas en las cuales tenga que competir para sobrevivir.

La naturalización de la moral, basada en los sentimientos, no solo no logra describir los actos morales, sino que dificulta su prescripción, ya que bajo esta teoría no está claro si debemos inculcar el altruismo, el egoísmo o ambos dependiendo de las circunstancias. De hecho, podemos perfectamente esperar que bajo el mismo principio autoricemos a un mismo individuo a actuar, por ejemplo, solidaria y despóticamente, según lo estime conveniente. El mismo Hume ya atisbaba que con respecto a las virtudes y los vicios no hay distinciones esenciales (1981: 190). Si el sentimiento puede cambiar, las distinciones morales también.

Para escapar a este problema, debemos fundamentar la moral de manera que tenga presente las circunstancias, ya que de ésta no puede depender arbitrariamente nuestras valoraciones. No podemos hacer depender a la moral solamente de los intereses sentimentales sin considerar los factores externos, tales como la cantidad y distribución de recursos de una comunidad. Si el naturalismo no propicia el consenso ético, las debilidades que Hume le asigna al intelecto para fundamentar la moral, son también derivables del sentimiento que él propone.

Eduardo Schele Stoller

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