¿El fin de la ética?

Ludwig Wittgenstein en su Conferencia sobre Ética, dictada en el año 1930 en Cambridge, realiza duras críticas a una posible constitución de la ética como disciplina científica. Veremos que estas acusaciones están enmarcadas en el contexto de su primer periodo de pensamiento, cercano al positivismo lógico.

En la conferencia, Wittgenstein sostiene que “todos los juicios de valor relativos son meros enunciados de hechos” y que “ningún enunciado de hecho puede nunca ser ni implicar un juicio de valor absoluto” (1977: 36). Lo que hace aquí Wittgenstein es reafirmar la clásica división positivista entre hechos y valores. Esta distinción ya la podemos encontrar en Hume, en lo que se desprende de la falacia naturalista, la cual sostiene que de la descripción de la realidad no podemos inferir una prescripción, esto es, del ser un deber ser.

Aquello que consideramos como “bueno” o como “malo” no pueden ser pues cualidades del mundo externo, sino que son meros atributos de nuestros estados mentales. Ahora bien, si “entendemos un estado mental como un hecho descriptible, éste no es bueno ni malo en sentido ético”. Una cosa es un hecho y otra un valor. Los hechos, en sí mismos, no son entonces ni buenos ni malos, sino que esto último dependerá de una valoración relativa al sujeto. No puede haber entonces valores objetivos o universales mediante los cuales nos debamos regir (1977: 36-37).

Lo anterior conlleva a que las expresiones éticas hagan un mal uso del lenguaje, similar al de la religión, ya que ambos se basan en símiles. El problema surge al constatar que el símil empleado, en estricto rigor, no es símil de nada. No hay ningún hecho que sustente las expresiones éticas de, por ejemplo, “bondad”, “maldad” o “justicia”, en buena medida porque por definición un hecho no puede nunca sustentar un valor. De allí que las conceptualizaciones ético-religiosas, según el primer Wittgenstein, carecen de sentido, al intentar ir más allá del mundo, entendido como nuestras limitaciones en el lenguaje. Bajo esta lógica, la ética nunca podrá ser una ciencia (1977: 40-41).

Luego de estas duras críticas resulta irónico que Wittgenstein finalice declarando su respeto por la disciplina ética. Me parece que su concepción se deriva, como señalé en un comienzo, de su primer enfoque de pensamiento, ligado al positivismo lógico y la relación pictórica del lenguaje. Bajo tal noción prima el criterio empirista del significado, esto es, para todo aquello que se quiera decir con sentido sobre el mundo, tiene que estar sustentado a su vez en determinados hechos del mundo. Esto muestra el compromiso ontológico del primer Wittgenstein.

Probablemente Wittgenstein se retractaría mas tarde de esta crítica, en el marco de su segunda etapa de pensamiento, representado en sus Investigaciones filosóficas (1953). Allí el criterio empirista del significado lo podemos enmarcar dentro de  un “juego de lenguaje” particular, ya sea científico o filosófico. Si bien la noción de “juegos de lenguaje” puede salvar a la ética de la crítica positivista sobre la distinción hecho/valor, paradójicamente también le hace daño, ya que de ella se deriva el relativismo. Si los valores los asignamos a juegos de lenguaje particulares, se nos hace imposible prescribir normas transversales a todos los individuos, ya que estos pueden responder a reglas dispares. De esta forma, de la integridad del pensamiento de Wittgenstein se presentan serias dificultades para la fundamentación de la ética; primero, porque sus conceptos no denotan nada empíricamente contrastable; y segundo, porque las valoraciones se pueden suscribir a diversas reglas. ¿Cómo podemos librarnos de estas dificultades? ¿Significa esto el fin de la ética?

Ciertamente, las dificultades recién expuestas se centran en lo teórico. No obstante, se olvida que la ética surge más bien por necesidades prácticas y que se aplica independiente de la solidez de su fundamentación. En efecto, la mayoría de la gente se comporta éticamente, ya sea positiva o negativamente, desconociendo el fundamento o el por qué de sus valoraciones. En la práctica, la ética hace caso omiso a los problemas teóricos de su fundamentación. En este sentido, la ética seguirá vigente, debido a nuestra necesidad de valorar los fenómenos, aunque la mayoría de las veces ignoremos por qué lo hacemos y no podamos fundamentarlo racionalmente.

Eduardo Schele Stoller

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