La ética de la felicidad

Podemos concebir la filosofía de Epicuro y la de sus seguidores como un manual para alcanzar la felicidad, dejando de lado las elevadas teorías metafísicas previas para centrar al hombre en su inmediatez práctica, consignando que lo realmente importante es la felicidad del individuo.

Epicuro centra la felicidad en algo que de una u otra forma todos buscan, el placer. Aquí está presente la concepción de que vivir es desear. En la medida en que satisfacemos nuestros deseos obtenemos placer y, consecuentemente, felicidad. Esta visión no siempre ha derivado en estados de alegría. Schopenhauer, por ejemplo, consideraba que ese desear implicaba más bien sufrimiento, puesto que no siempre lograremos satisfacer todos nuestros deseos, de allí que vivir sea más bien, a su juicio, sufrir. He aquí un antecedente para Freud, quien da cuenta de algo similar al concebir la frustración como aquel estado derivado de la no posible satisfacción de nuestros deseos instintivos (ello), principalmente por la intromisión de la moral (súper-yo).

En vista de esta situación, nos quedarían dos opciones. La primera es morir, ya que, ¿qué sentido tendría vivir si es solamente para sufrir? La segunda opción, limitar el deseo. Esta es la que se ha tratado practicar desde diversas concepciones tanto filosóficas como religiosas. La finalidad es desprenderse de los bienes materiales, quedándose casi con lo mínimo para la supervivencia (ascetismo). Si bien los epicúreos no llegaron a tal extremo, sí consideraron que su hedonismo, esto es, la felicidad centrada el placer, se basaba en aspectos mesurados de la satisfacción, en la prudencia. Su concepción del placer tenía que ver más bien con la ausencia de dolor y perturbaciones. Para esto hay que centrarse en los deseos naturales y necesarios. La necesidad es un mal, por eso hay que reducirla al mínimo, desprendiéndonos de los intereses ajenos, puesto que la libertad se alcanza mediante la autosuficiencia (autarquía). Y es que la riqueza no depende de la proliferación de bienes, sino que de la limitación de nuestros deseos.

Para lograr la paz espiritual (ataraxia) es primordial alejarse de la sociedad, ya que es imposible alcanzar la seguridad individual entre la muchedumbre. Epicuro nos recomienda huir de toda forma de cultura. La felicidad no solo se reduce a la satisfacción de nuestros deseos básicos, sino que también se contempla la necesidad de llevar una vida reflexiva que nos permita un actuar sensato, honesto y justo. La filosofía es concebida así como la principal cura para las enfermedades del alma, puesto que lo esencial para la felicidad es la disposición interior, único de lo cual somos realmente dueños.

Eduardo Schele Stoller

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