La ética de la felicidad

No es nueva la constatación de la vigencia de mucho de lo que filosofaron los griegos. Sin embargo, en el caso de Epicuro esto no deja de sorprenderme. Podríamos concebir su filosofía y la de sus seguidores como un manual para alcanzar la felicidad, el que se hace más atingente que nunca en nuestra sociedad contemporánea. Este pensamiento deja de lado las elevadas teorías metafísicas platónicas y aristotélicas para volver al hombre en su inmediatez práctica, consignando que lo realmente importante es la felicidad del individuo,  y no el conocimiento trascendente que éste pueda o no generar.

Epicuro centra la felicidad en algo que de una u otra forma todos buscan, el placer. Aquí está presente la concepción de que vivir es desear. En la medida en que satisfacemos nuestros deseos obtenemos placer y, consecuentemente, felicidad. Esta visión no siempre ha derivado en estados de alegría. Schopenhauer por ejemplo consideraba que ese desear implicaba más bien el sufrimiento, puesto que no siempre lograremos satisfacer todos nuestros deseos, de allí que vivir sea más bien sufrir. He aquí un antecedente para el psicoanálisis de Freud, quien da cuenta de algo similar al concebir la frustración como aquel estado derivado de la no posible satisfacción de nuestros deseos instintivos (ello), principalmente por la intromisión de la moral (súper-yo). Esta era la causa de la neurosis, un estado bastante alejado de la felicidad.

En vista de esta situación, nos quedarían dos opciones. La primera es morir, ya que, ¿qué sentido tendría vivir si es solamente para sufrir? La segunda opción, limitar el deseo. Esta es la que se ha tratado practicar desde diversas concepciones tanto filosóficas como religiosas. La finalidad es desprenderse de los bienes materiales y carnales, quedándose casi con lo mínimo para la supervivencia (ascetismo). Si bien los epicúreos no llegaron a tal extremo, sí consideraron que su hedonismo, esto es, la felicidad centrada el placer, se basaba en aspectos mesurados de la satisfacción, en la prudencia. Su concepción del placer tenía que ver más bien con la ausencia de dolor y perturbaciones. Para esto hay que centrarse en los deseos naturales y necesarios. La necesidad es un mal, por eso hay que reducirla al mínimo, desprendiéndonos de los intereses ajenos, puesto que la libertad se alcanza mediante la autosuficiencia (autarquía). Y es que la riqueza no depende de la proliferación de bienes, sino que de la limitación de nuestros deseos.

Para lograr la paz espiritual (ataraxia) es primordial alejarse de la sociedad, ya que es imposible alcanzar la seguridad individual entre la muchedumbre. He aquí una critica a la idea del contrato social, porque ciertamente, ¿qué sentido tendría renunciar a nuestra libertad si no obtenemos lo que se nos promete a cambio? Por tal motivo Epicuro nos recomienda huir de toda forma de cultura.

En síntesis, la felicidad para los epicúreos se reduce no solo a la satisfacción de nuestros deseos básicos, sino que, y por sobre todo, también se contempla en la medida en que logremos llevar una vida reflexiva que nos permita un actuar sensato, honesto y justo. La filosofía es concebida así como la principal cura para las enfermedades del alma, puesto que lo esencial para la felicidad es la disposición interior, único de lo cual somos dueños.

Eduardo Schele Stoller

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