Adiós a la inteligencia

¿Puede el desarrollo tecnológico afectar la evolución de las capacidades cognitivas humanas?

El concepto actual de inteligencia está inevitablemente relacionado con los enfoques evolutivos, puesto que comúnmente se entiende como una adecuada adaptación al entorno. Pensado de forma cuantitativa el ser humano, solo según este criterio, estaría entre las especies más inteligentes, ya que es capaz de adaptarse a diversos ambientes. Pero la adaptación es solo un aspecto básico de la inteligencia. En donde el hombre verdaderamente hace una diferencia es en la adaptación conseguida mediante la transformación de la realidad. El ser humano no solo ocupa lo que lo rodea, sino que lo transforma constantemente, innovando en la producción de artefactos útiles para la sobrevivencia, en una primera instancia, y luego para el ocio.

Los factores en juego dentro de la evolución son al menos cuatro: organismos, ambiente, variación y herencia. Comencemos a relacionarlos. El ambiente presenta una serie de recursos ante los cuales los organismos pueden usufructuar para satisfacer sus necesidades vitales. El problema, como bien lo expuso Thomas Malthus, es que a medida que crece la población, comienzan a escasear los recursos, producto de lo cual se deriva una inevitable lucha por la existencia, la cual Darwin aplica también entre los seres vivos. En este contexto hostil, cualquier variación que surja en los organismos que beneficie la sobrevivencia, será preservada automáticamente, ya que si es exitosa, el organismo sobrevivirá logrando transmitir entonces mediante la herencia a sus descendientes tales caracteres. Ahora bien, aquí debemos detenernos en un punto fundamental de la teoría darwiniana, que nos arrojará luz sobre el problema que nos convoca. Dijimos que pueden producirse ciertas variaciones en los individuos, pero no dijimos cómo. Lamarck las explicaba mediante su ley del uso y del desuso de las partes. No obstante, para Darwin el origen variaciones no dependían del ambiente, ya que estas surgirían azarosamente. El rol del ambiente cumple su rol solo en la preservación de la variación, no en el surgimiento. Se preserva si es que sirve, si es que es útil para la sobrevivencia. En esto consiste la selección natural, preservación de los caracteres más aptos.

En la naturaleza, la que domina es la selección natural, puesto que las variaciones son producidas por azar, esto es, en términos contemporáneos, por mutaciones genéticas. Pero en la vida civilizada nos enfrentamos ahora a la selección artificial, la cual es mucho más dinámica. Los seres humanos son capaces de crear variaciones nuevas todos los días, no teniendo que esperar el lento proceso de acumulaciones progresivas. La principal herramienta en este escenario, incluso más que la ciencia, es la tecnología. Si la inteligencia la definíamos antes como la adaptación modificación del entorno, en la actualidad deberíamos presenciar el nivel de inteligencia más alto que el ser humano ha logrado.

No obstante, pensando contemporáneamente: ¿cómo explicamos el enorme nivel de enajenación de los individuos? ¿La incomprensión de lectura? ¿El que personajes que vivieron hace más de 2500 años hayan tenido mayor lucidez intelectual? Este es un claro contraejemplo para la noción evolutiva de la inteligencia, ya que, al menos para el ser humano, iría en retroceso. La tecnología en este sentido no tendría ningún valor agregado en la generación de mayor inteligencia, puesto que los griegos solo poseían técnica, claramente menos compleja que la tecnología. ¿Será entonces que la tecnología genera más bien el efecto contrario? ¿Nos hace más estúpidos? En parte, creo que sí, ya que va matando nuestra necesidad de conocimiento. Hemos presenciado como han caído las teorías, las ideologías, las creencias, en suma, las verdades. Ya no necesitamos adaptarnos, ya no necesitamos transformar la realidad. Todo esto ya está dado de antemano. Ya no necesitamos muletas teóricas. Solo nos queda divertirnos. Ejercer, como decía Nietzsche, nuestro derecho a la estupidez, ahora llevado a su extremo.

Eduardo Schele Stoller

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