La filosofía como esclava de la ciencia

La filosofía no es una disciplina independiente. Comúnmente se ve influenciada por lo que sucede en otras áreas del pensamiento, con mayor razón aún en la actualidad, cuando tales áreas se han ramificado de manera sorprendente. De allí la ramificación también de la filosofía (física, matemática, biología, política, ética, etc.).

Sin embargo, algo muy distinto es afirmar que la filosofía sea esclava de una de estas disciplinas. Esto es lo que defiende Mario Bunge en Filosofía de la Psicología (2002), en donde propone que la filosofía no debiera desaparecer, siempre y cuando se mantenga bajo el control de la ciencia, en vista de que contribuya a la misma. Lo mismo ocurre con la psicología, ya que según Bunge debe convertirse en psicobiología, esto es, en un mero producto de la neurociencia.

Esta es claramente una visión cientificista del conocimiento, considerado como el único que nos abre paso a la verdad y al progreso. Esta idea ha sido ampliamente criticada por Paul Feyerabend, quien invierte la relación bungeana, puesto que es la ciencia la que debe estar al servicio, no de la filosofía, sino que de la sociedad y, en particular, de los individuos. En sí la demanda de Bunge no hace más que constatar un fenómeno que había venido ocurriendo durante el siglo XX y aun continua en nuestros días, la evangelización científica. Feyerabend presenció lo mismo, pero fue crítico al respecto, llegando a concebir a la ciencia como la nueva religión, la cual poseería la “verdad”. En este juego, los nuevos sacerdotes son los científicos, evangelizadores del nuevo conocimiento.

Feyerabend veía con peligro como la ciencia iba unida al Estado, como política oficial de los gobiernos. Bajo su alero, la ciencia logra universalizarse, propagándose oficialmente mediante los textos escolares y la educación. La crítica de Feyerabend se deriva en gran medida de su anarquismo epistemológico, puesto que considera que no hay ni verdad ni racionalidad en la ciencia, por lo que no debería considerarse en un estatus privilegiado como para divulgarse como la única alternativa cognoscitiva. De estar en lo cierto, debe haber pues libertad de interpretación, y no una imposición dogmática del mismo desde la ciencia. Un primer paso para esto es, tal como ocurrió con la religión, la separación de la ciencia del Estado. En este sentido, Feyerabend no es contrario a la ciencia, sino que de su carácter autoritario y dogmático. El experto, el científico, es un sirviente, no un amo. Esto se resume en que el conocimiento debe estar al servicio del individuo, y no el individuo al servicio del conocimiento, como considera Bunge.

Siguiendo a Feyerabend, si el individuo no tiene por qué someterse a la ciencia, menos aún debería hacerlo la filosofía, puesto que esta última es precisamente, considero, la que nos puede contribuir a la libertad de interpretación y a no ser meros engranajes en el desarrollo de una disciplina, ajena muchas veces a nuestros intereses.

Eduardo Schele Stoller.

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