La filosofía como esclava de la ciencia

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Usualmente la filosofía se ve influenciada por lo que sucede en otras áreas del pensamiento, con mayor razón aún en la actualidad, cuando tales áreas se han ramificado de manera sorprendente. Pero algo muy distinto es afirmar que la filosofía sea esclava de una de estas disciplinas. Esto es lo que defiende Mario Bunge en Filosofía de la Psicología (2002), en donde propone que la filosofía no debiera desaparecer, siempre y cuando se mantenga bajo el control de la ciencia, en vista de que contribuya a la misma. Lo mismo ocurre con la psicología, ya que según Bunge debe convertirse en psicobiología, esto es, en un mero producto de la neurociencia.

Esta es claramente una visión cientificista del conocimiento, considerado como el único que nos abre paso a la verdad y al progreso. Esta idea ha sido ampliamente criticada por autores como Feyerabend, quien invierte la relación bungeana, puesto que es la ciencia la que debe estar al servicio, no de la filosofía, sino que de la sociedad y, en particular, de los individuos. En sí la demanda de Bunge no hace más que constatar un proceso de evangelización científica. Feyerabend llegó a concebir a la ciencia como la nueva religión, ahora única poseedora de la “verdad”, predicada ya no por sacerdotes, sino que por científicos, evangelizadores del nuevo conocimiento.

Feyerabend veía con peligro como la ciencia iba unida al Estado, como política oficial de los gobiernos. Bajo su alero, la ciencia logra universalizarse, propagándose oficialmente mediante los textos escolares y la educación. La crítica de Feyerabend se deriva en gran medida de su anarquismo epistemológico, puesto que considera que no hay ni verdad ni racionalidad en la ciencia, por lo que no debería considerarse en un estatus privilegiado como para divulgarse como la única alternativa cognoscitiva. De estar en lo cierto, debe haber pues libertad de interpretación, y no una imposición dogmática del mismo desde la ciencia. Un primer paso para esto es, tal como ocurrió con la religión, la separación de la ciencia del Estado. En este sentido, Feyerabend no es contrario a la ciencia, sino que de su carácter autoritario y dogmático. El experto, el científico, es un sirviente, no un amo. Esto se resume en que el conocimiento debe estar al servicio del individuo, y no el individuo al servicio del conocimiento, como considera Bunge.

Siguiendo a Feyerabend, si el individuo no tiene por qué someterse a la ciencia, menos aún debería hacerlo la filosofía, pues es precisamente ésta una de las herramientas que nos puede contribuir a la libertad de interpretación, y a no ser meros engranajes en el desarrollo de una disciplina, ajena muchas veces a nuestros intereses.

Eduardo Schele Stoller.

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