Lo complejo de la irreductibilidad compleja

En El origen de las especies (1859) Darwin ofreció, antes que se le ocurriera a Popper, una falsación potencial de su teoría, señalando que si pudiera demostrarse que existe un órgano complejo, que de ningún modo hubiese podido formarse por modificaciones numerosas, leves y sucesivas (gradualismo), su hipótesis se derrumbaría completamente. A pesar de su honestidad, Darwin inmediatamente se protege al señalar que una apreciación tal se pude derivar de nuestra ignorancia sobre los diversos grados transicionales producto de las masivas extinciones y lo pobre del registro fósil existente.

El creacionismo contemporáneo se hace eco del falseador darwiniano, creyendo haber encontrado efectivamente uno de los casos que refuta la teoría evolutiva. El culpable de todo este embrollo es el bioquímico estadounidense Michael Behe, quién en su libro La caja negra de Darwin: el reto de la bioquímica a la evolución (2000) toma la falsación que el mismo Darwin aplicó a su teoría y la aplica al mundo de los microorganismos, tales como el flagelo bacteriano y otras estructuras celulares.

Según Behe, tales estructuras serían “irreductiblemente complejas” (IC), puesto que si removiéramos cualquiera de sus partes, el sistema no funcionaría. Esto significa que la estructura actual no pudo haber evolucionado a través de una adición de partes progresivas. No tienen así un origen natural, sino que fueron “diseñadas” inteligentemente.

El biólogo alemán Gert Korthof, no obstante, señala que Behe necesita de una demostración empírica para sostener que un sistema bioquímico específico sea irreductible. Debe mostrar que todas las partes de una estructura son necesarias. Solo después de esto se podría establecer que al remover uno de los componentes se destruye la función completa del sistema. Para eso, debería saberse exactamente cuántas partes tiene un sistema. Sin una lista precisa de las partes, nunca se podrá determinar si una estructura es IC. Además, Behe debe mostrar que tales partes no tienen una segunda función, ya que si la tienen, ellas serían mantenidas por selección natural, lo que burlaría el requerimiento de no utilidad de cada paso intermedio de las proteínas envueltas en la primera función (función motora del flagelo por ejemplo) (Korthof, 2007).

La evidencia empírica, señala Korthof, tiene la última palabra, y no las trampas para ratones (analogía reiteradamente utilizada por Behe). Si Behe falla en dar con un caso certero de IC, la teoría de la evolución sobrevive a la falsación. No obstante, lo anterior no desacredita el argumento de Behe, sino que más bien le plantea desafíos para su consolidación. El argumento de Behe es peligroso para el darwinismo, puesto que lo ataca en su supuesto fundamental, el gradualismo. Habrá que esperar qué sucede con este falseador potencial de la evolución, lo cual ya no solo implica un aspecto de forma, sino que también de contenido.

Eduardo Schele Stoller

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s